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RESUMEN
En el gobierno del presidente Luis Abinader rige una norma clara y sin ambigüedades: funcionario que le crea situaciones, problemas por mal manejo o ruidos innecesarios, queda fuera. No hay espacio para titubeos ni para proteger fallas que comprometan la institucionalidad del Estado.
La destitución del director del Instituto Tecnológico de las Américas, Rafael Féliz García, confirma una vez más el estilo de mando del jefe del Estado. Abinader no gobierna con sentimentalismos ni con compromisos personales; gobierna con una visión clara de orden, disciplina y responsabilidad pública.
Aquí no se toleran improvisaciones, torpezas administrativas ni errores que generen desgaste político innecesario. El que no entiende eso, simplemente no encaja. El poder no es un escudo para la incompetencia ni una licencia para el desorden.
A muchos funcionarios les cuesta asimilar que la confianza presidencial no es eterna ni automática. Con Abinader, la confianza se sostiene con resultados y prudencia, no con discursos ni cercanías coyunturales. Cuando alguien falla, la decisión llega rápido y sin rodeos.
El mensaje es directo para todo el tren gubernamental: el presidente está dispuesto a sacrificar piezas si eso garantiza proteger el rumbo del gobierno. Porque Abinader tiene claro que cuando un funcionario falla, no se desgasta solo él, se desgasta todo el Estado.
Por eso hay que decirlo, aunque incomode: con Abinader no hay margen para el error repetido.
El que no pueda cumplir, que se haga a un lado.
Así de claro.
Sin Cortapisa.
