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EDITORIAL | El gobierno del presidente Luis Abinader tiene una obsesión por los arribistas del poder


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El presidente Luis Abinader llegó al poder con la promesa de representar el cambio, la decencia y la ruptura definitiva con las viejas prácticas políticas que tanto daño le hicieron a la República Dominicana. Sin embargo, a casi completar su ciclo de gobierno, una realidad incómoda se impone: el Palacio Nacional parece cada vez más poblado por los mismos arribistas, oportunistas y trepadores del poder que ayer juraban lealtad a otros gobiernos y hoy se presentan como abanderados del “cambio”.

Gobernar rodeado de quienes solo saben vivir del Estado, cambiar de chaqueta según soplen los vientos y acomodarse donde haya poder y presupuesto, es un grave error político y moral. Peor aún: es una traición silenciosa a la militancia honesta que construyó el Partido Revolucionario Moderno (PRM) desde la oposición, cuando no había cargos, contratos ni privilegios que repartir.

La obsesión por sumar “figuras” sin principios, por pactar con los mismos rostros del descrédito nacional, ha generado un profundo descontento, frustración y decepción en las bases del PRM. Dirigentes históricos, cuadros medios y militantes que se fajaron en las calles hoy observan cómo son desplazados por oportunistas profesionales que solo entienden la política como negocio y trampolín personal.

El problema no es solo ético, es estratégico. Un gobierno que se apoya en arribistas termina rehén de ellos. Pierde autoridad moral, erosiona su discurso anticorrupción y envía un mensaje devastador: no importa la coherencia ni la lealtad, lo que importa es llegar, acomodarse y escalar.

Desde Sin Cortapisa lo decimos sin rodeos: el presidente Abinader aún está a tiempo de rectificar. Gobernar con los mismos de siempre no construye cambio, lo diluye. Apostar por los trepadores del poder no fortalece al PRM, lo debilita desde dentro. Y un partido decepcionado es el peor enemigo de cualquier proyecto político que aspire a trascender más allá del poder circunstancial.

El cambio no se proclama, se practica. Y rodearse de arribistas jamás ha sido ni será sinónimo de transformación.

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