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EDITORIAL | El karma existe… y a veces cobra en silencio


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Hay quienes se burlan del concepto del karma, como si se tratara de una superstición sin fundamento. Sin embargo, la historia —y la realidad— se empeñan en demostrar que las acciones siempre regresan, tarde o temprano, con una factura imposible de evadir.

Si no, que se lo pregunten a Nicolás Maduro y a Cilia Flores, vistos recientemente saliendo en chanclas, sin lujos, sin escoltas ostentosas y prácticamente con lo puesto. Una imagen que contrasta brutalmente con los excesos del poder que durante años exhibieron, mientras millones de venezolanos huían de su país en condiciones infrahumanas.

Esa escena no es casual ni anecdótica. Es simbólica. Es el reflejo de lo que han vivido millones de ciudadanos forzados a abandonar su tierra, cruzando fronteras con una mochila al hombro, sin dinero, sin garantías, sin futuro inmediato. Exactamente como salieron ellos: con poco, con prisa y con el peso de sus decisiones persiguiéndolos.

El poder ejercido sin conciencia, sin respeto por la dignidad humana y sin apego a la justicia, siempre termina pasando factura. Puede tardar, puede parecer que nunca llega, pero llega. Y cuando lo hace, no distingue rangos, títulos ni discursos.

El karma no necesita tribunales ni discursos políticos. Actúa cuando la soberbia se impone sobre la compasión y cuando el abuso se convierte en norma. Hoy, la imagen habla más fuerte que cualquier narrativa oficial: quienes condenaron a un pueblo a la miseria, por un instante, probaron el sabor de la misma vulnerabilidad.

Porque al final, la historia es implacable. Y el karma, aunque silencioso, nunca falla.

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