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EDITORIAL | El poder no puede ser desmemoria: los despidos que lastiman la base del PRM


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En la República Dominicana no se puede hablar a la ligera de “ajustes técnicos” ni de “reingeniería administrativa” cuando lo que está ocurriendo tiene nombre y apellido: despidos masivos de perremeístas en instituciones del gobierno.

Aquí no se está hablando de números fríos en una nómina.

Se está hablando de seres humanos.

De compañeros.

De hombres y mujeres que caminaron barrios, que defendieron el proyecto político cuando no era gobierno, que enfrentaron ataques, que pusieron su tiempo, su dinero y hasta su seguridad para que hoy el Partido Revolucionario Moderno esté en el poder.

No se puede construir un proyecto político sobre la base del sacrificio de la militancia y luego, cuando se alcanza el poder, actuar como si esa militancia fuera descartable.

El presidente Luis Abinader ha hablado reiteradamente de institucionalidad, transparencia y eficiencia. Y eso es correcto. El Estado no puede ser un botín. La administración pública debe regirse por criterios técnicos. Nadie discute eso.

Pero hay una diferencia entre profesionalizar el Estado y deshumanizar la política.

Cuando un dirigente de base es cancelado sin explicación, cuando un militante histórico es sustituido sin siquiera una llamada, cuando un compañero que trabajó día y noche es sacado como si fuera un estorbo, no estamos ante un simple movimiento administrativo. Estamos ante una señal política peligrosa.

Porque el poder sin memoria termina debilitándose.

La base sostiene al liderazgo. La militancia es el músculo de cualquier partido. Y si la base comienza a sentir que solo fue útil para ganar elecciones, pero no para gobernar, el daño no es administrativo: es moral y político.

El PRM nació como una esperanza de cambio, como una ruptura con prácticas que durante años fueron criticadas. Pero si se cae en el error de ignorar a quienes construyeron ese cambio, entonces la decepción puede ser más profunda que cualquier ataque de la oposición.

Este no es un llamado a convertir el Estado en un comité político.

Es un llamado a la coherencia.

A la sensibilidad.

Al equilibrio.

Se puede gobernar con eficiencia y, al mismo tiempo, con respeto a la militancia.

Se puede exigir resultados sin humillar trayectorias.

Se puede modernizar la administración pública sin dar la espalda a quienes hicieron posible la victoria.

Porque cuando la base se siente desplazada, el ruido comienza abajo… y termina arriba.

Y la historia política dominicana ha demostrado que ningún partido es invencible cuando pierde la conexión con su gente.

Sin Cortapisa lo dice claro:

El poder no es eterno.

La lealtad tampoco es infinita.

Y el respeto a la militancia no es un favor… es una obligación moral y política.

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