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RESUMEN
No se puede escribir la historia política dominicana sin mencionar a Hipólito Mejía. Sus críticos le señalarán errores, desaciertos y decisiones controvertidas. Nadie puede afirmar seriamente que fue un presidente perfecto ni mucho menos el mejor mandatario que ha tenido la República Dominicana. Sin embargo, hay una virtud política que pocos pueden negarle: conocía a su gente.
Hipólito distinguía a sus dirigentes, sabía quiénes caminaron bajo el sol, quiénes tocaron puertas, quiénes defendieron el proyecto cuando estaba en la oposición y quiénes se sacrificaron para llevarlo al poder. Gobernó con ellos, los escuchó y les abrió espacios dentro de su administración.
La política no es solo ganar elecciones; también es reconocer a quienes hicieron posible la victoria. Ningún líder llega solo al Palacio Nacional. Detrás de cada triunfo hay miles de hombres y mujeres que invierten tiempo, recursos, esfuerzo y hasta su prestigio personal para defender una causa. Cuando esos dirigentes son olvidados después de las elecciones, comienza el divorcio entre las bases y el poder.
Uno de los mayores errores que puede cometer cualquier gobierno es sustituir a los compañeros de lucha por tecnócratas desconectados de la realidad política o por oportunistas que aparecen únicamente cuando el triunfo está asegurado. Esa práctica genera frustración, resentimiento y desmovilización.
Hipólito entendía una verdad elemental de la política: la lealtad se construye reconociendo la lealtad. Por eso, independientemente de las críticas que pueda recibir su gestión, dejó una enseñanza que sigue vigente: gobernar de espaldas a quienes te llevaron al poder es el camino más corto hacia el debilitamiento político.
Los gobiernos pasan, los cargos terminan y las circunstancias cambian. Pero los dirigentes que estuvieron en los momentos difíciles son los que sostienen los proyectos políticos en las buenas y en las malas. Ignorarlos es un error; abandonarlos es una ingratitud; sustituirlos por conveniencia es una apuesta peligrosa.
La historia demuestra que los líderes que olvidan sus raíces terminan perdiendo el contacto con la realidad. Y cuando un gobernante deja de escuchar a su propia gente, comienza a escuchar únicamente los aplausos de quienes mañana estarán en la acera de enfrente.
