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RESUMEN
En la política dominicana nada ocurre por casualidad. Cada movimiento tiene un origen, un propósito y casi siempre un beneficiario oculto. Lo que hoy vuelve a quedar en evidencia es la persistente y peligrosa infiltración del viejo peledeísmo en los espacios más sensibles del Estado, incluso en un gobierno que llegó al poder prometiendo cambio, ruptura y desmonte del pasado.

El caso de Mariano Germán Mejía es un ejemplo que no puede ni debe pasarse por alto. Su ascenso a Juez Presidente de la Suprema Corte de Justicia en 2011 no fue un hecho fortuito ni aislado. Fue electo por el Consejo Nacional de la Magistratura presidido por Leonel Fernández, el arquitecto político del PLD y del entramado institucional que durante años secuestró la justicia dominicana.
Pero lo más grave no fue su elección. Lo verdaderamente alarmante fue la ingeniería de poder que dejó sembrada antes de salir. Mariano Germán nombró a Édgar Torres Reynoso como secretario de la Suprema Corte de Justicia y, posteriormente, lo ascendió a secretario del Consejo del Poder Judicial, asegurando así la permanencia de un hombre de su absoluta confianza dentro del corazón administrativo del sistema judicial.

Eso no fue un simple nombramiento. Fue dejar un tentáculo de poder dentro del Poder Judicial, una estructura enquistada, diseñada para sobrevivir a los cambios de gobierno, para resistir reformas reales y para garantizar que el control del pasado siguiera respirando dentro del presente.
Hoy, cuando el presidente Luis Abinader lucha por desmontar viejas prácticas y sanear las instituciones, vuelve a quedar claro que el enemigo no siempre está en la oposición, sino muchas veces sentado dentro, disfrazado de técnico, de juez independiente o de funcionario “neutral”.

Esta es la verdadera maldición del PRM: permitir por ingenuidad, descuido o mala asesoría que figuras formadas, promovidas y protegidas por el PLD sigan operando desde dentro del Estado, saboteando silenciosamente cualquier intento de transformación profunda.
Presidente Abinader, el problema no es solo político, es estructural. Mientras esos tentáculos sigan intactos, el cambio será parcial y la justicia seguirá secuestrada por herencias que nunca se desmontaron del todo.
En Sin Cortapisa lo decimos claro, sin miedo y sin maquillaje: el pasado no se reforma, se desmonta. Y quien no lo entienda, termina gobernando con los enemigos del cambio sentados en primera fila.
