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RESUMEN
Editorial del periódico Sin Cortapisa
“Qué suerte tienen los peledeístas: duran 20 años en el poder, cuando pierden renuncian del PLD y consiguen decreto fácil en el PRM”. Esta frase, que comenzó como un comentario viral en redes sociales, refleja un sentimiento que va mucho más allá de la sátira: describe con crudeza un fenómeno que erosiona la credibilidad política del país.
En los últimos meses, se ha vuelto habitual ver cómo exfuncionarios del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), tras décadas ocupando cargos de poder, abandonan su partido tras la derrota electoral y en cuestión de semanas son premiados con posiciones en el gobierno del Partido Revolucionario Moderno (PRM). Los decretos presidenciales parecen, en muchos casos, reconocer más la astucia del transfuguismo que el mérito de la militancia oficialista.
Este patrón plantea varias preguntas incómodas:
- ¿Se gobierna bajo un verdadero proyecto de cambio o bajo la lógica del oportunismo político?
- ¿Qué mensaje se envía a los miembros leales del PRM que dedicaron años a construir su victoria electoral?
- ¿Hasta qué punto esta práctica premia la conveniencia sobre la convicción y la lealtad partidaria?
El transfuguismo político no es nuevo en la República Dominicana, pero su normalización bajo un gobierno que llegó al poder prometiendo renovación y transparencia resulta preocupante. Convertir en norma que los “peledeístas con suerte” encuentren abrigo inmediato en el Estado no solo erosiona la confianza ciudadana, sino que perpetúa la percepción de que la política es un club de favores, sin fronteras ideológicas ni compromiso institucional.
Mientras tanto, las redes sociales son el reflejo del malestar popular: simpatizantes del PRM se sienten desplazados, opositores denuncian incoherencia y la ciudadanía en general percibe que, al final, cambiar de camiseta sigue siendo la vía más corta hacia un decreto.
La política dominicana no puede seguir siendo un mercado de intereses donde los ganadores de siempre cambian de color para permanecer en el poder. Si el oficialismo quiere sostener su legitimidad, debe priorizar la meritocracia y el respeto a su propia base, en lugar de alimentar la percepción de que la suerte —y no la lealtad— es el verdadero camino hacia un cargo público.
