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EDITORIAL | Atajar para que otro enlace: la traición que amenaza al PRM


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En política hay prácticas que, cuando se convierten en costumbre, terminan por destruir no solo a los partidos, sino también la confianza de quienes se entregaron en cuerpo y alma a una causa. Atajar para que otro enlace trabajar, sudar, arriesgarse y luego ser apartado es una de esas malas mañas que tiene que acabarse, o el desenlace será inevitablemente malo.

No se puede maltratar al compañero que se lanzó a la calle, que defendió la bandera bajo sol y lluvia, que se jugó el pellejo para garantizar el triunfo electoral, y luego, una vez alcanzado el poder, tratarlo como un pordiosero político. Esa conducta no es solo injusta: es suicida.

Durante la campaña todos eran hermanos. Dirigentes, empresarios, bases y militantes marchaban en una sola dirección. No había diferencias, no había bandos, no había exclusiones. Todo era entusiasmo, promesas de futuro y discursos de unidad. Pero apenas se ganó y se “salió alante”, el escenario cambió: el porvenir comenzó a diluirse para muchos de los que hicieron posible la victoria.

Desde el primer boletín que selló la permanencia en el poder, se hizo evidente el giro. Llegaron figuras de la oposición, recicladas y reposicionadas, mientras los compañeros históricos comenzaron a ser desplazados sin miramientos. El caso de Magín, traído desde la acera contraria, marcó el inicio de una gestión caracterizada por cancelaciones, desprecio y desarraigo de quienes lo dieron todo por la reelección.

Lo más grave es que el silencio se impuso. Se ha sufrido callado una visión de gobierno que ha optado por rodearse de gente llegada “de otro lado”, mientras se margina a la base que sostuvo el proyecto político. Esa estrategia no fortalece al partido; lo debilita, lo fragmenta y lo llena de resentimiento.

En medio de este panorama, Alfredo Pacheco ha sido de los pocos que se ha plantado a defender al partido y a los suyos, denunciando la invasión de oportunistas que llegan sin historia, sin lealtad y sin compromiso, a imponer sus malas mañas mediante despidos y exclusiones.

Sin Cortapisa lo dice claro: no se gana un proyecto político traicionando a su gente. No se construye futuro gobernando con los que nunca creyeron, mientras se humilla a los que siempre estuvieron. Si esta práctica no se corrige a tiempo, el daño no será individual: será colectivo, profundo y duradero. Porque en política, tarde o temprano, las traiciones se cobran.

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