
Analizando noticia con IA…espere un momento
RESUMEN
En la República Dominicana no se puede normalizar que un periodista denuncie públicamente un plan para asesinarlo y que el Estado mire hacia otro lado. Eso sería una sentencia de muerte no solo para una persona, sino para la institucionalidad, la democracia y la libertad de expresión.
El presidente Luis Abinader tiene la obligación histórica, política y moral de activar de inmediato todos los organismos de inteligencia, seguridad e investigación del país para evitar que el periodista y empresario de la comunicación Salvador Holguín sea asesinado por el ex policía Francisco Pacheco, alias Chanchy, señalado como integrante del equipo de sicariato que encabezó Fernando de los Santos, “La Soga”.
No se trata de un rumor. No es chisme. No es una especulación de redes sociales. Se trata de una denuncia directa, pública y documentada de amenaza de muerte, realizada por un comunicador de alto perfil nacional e internacional, con un largo historial de denuncias contra estructuras de poder, corrupción y crimen organizado.
El silencio oficial ante una advertencia de esta magnitud sería una irresponsabilidad imperdonable. Peor aún: podría interpretarse como complicidad por omisión.
Salvador Holguín no es un ciudadano cualquiera. Es un periodista influyente, dueño de medios, voz incómoda para sectores oscuros y un referente de opinión nacional. Un crimen de esa dimensión estremecería al país, incendiaría la opinión pública y colocaría al gobierno del PRM en una crisis política sin precedentes.
Hay que decirlo Sin Cortapisa: un muerto de la dimensión de Salvador Holguín terminaría de destruir la narrativa de cambio, de transparencia y de respeto a la vida que promueve el gobierno del Partido Revolucionario Moderno.
El presidente Abinader debe ordenar protección inmediata, investigación profunda y acción preventiva. No mañana. No la semana próxima. Ahora.
Porque después de un asesinato no sirven los comunicados, ni las condolencias, ni las promesas tardías. La responsabilidad se mide antes de que corra la sangre, no después.
Hoy el Estado dominicano está a prueba.
Y la historia pasará factura.
