EditorialesEL EDITORIALGeneral

EDITORIAL | Cuando la corrupción toca puertas, se cierran oficinas


Escuchando artículo…

0:00 / 0:00


La declaración fue clara. Sin rodeos. Sin eufemismos diplomáticos.

La Embajadora de los Estados Unidos en República Dominicana lanzó un mensaje que retumbó como trueno en pleno cielo despejado: la corrupción no tiene cabida ni en el gobierno estadounidense ni en ningún otro. La calificó como “repugnante” y “vergonzosa”. Y fue más lejos: no tolerará ni siquiera la percepción de corrupción en ninguna de las dependencias bajo su mando.

Y entonces vino la bomba.

El anuncio del cierre de la oficina de la Drug Enforcement Administration (DEA) en Santo Domingo hasta nuevo aviso.

Eso no es un simple movimiento administrativo. Eso es una señal política, institucional y moral de alto calibre. Porque cuando una potencia como Estados Unidos decide cerrar temporalmente una oficina clave en materia de lucha contra el narcotráfico, es porque algo no huele bien.

Aquí no estamos hablando de rumores de pasillo. Estamos hablando de una medida drástica que revela que, ante la más mínima sospecha, prefieren apagar la luz y revisar todo desde cero.

La pregunta que surge es inevitable: ¿qué está pasando? ¿Qué nivel de irregularidad o de percepción comprometedora obligó a tomar una decisión de ese tamaño?

La embajadora fue categórica: la confianza pública no se negocia. Y cuando esa confianza se pone en duda, las consecuencias llegan.

En un país donde tantas veces hemos visto que la corrupción se barre debajo de la alfombra, este mensaje marca un contraste incómodo. Aquí muchas veces se protege, se encubre o se diluye. Allá, cuando algo salpica, se cierra y se investiga.

Y por eso decimos: hay bobo… si alguien pensó que podía jugar con fuego bajo el paraguas de una institución internacional sin que pasara nada.

La lucha contra la corrupción no puede ser discurso selectivo. No puede ser bandera cuando conviene y silencio cuando incomoda. Si la vara es alta, debe ser alta para todos.

El cierre de la DEA en Santo Domingo no es un detalle menor. Es una advertencia. Es un mensaje. Es una señal de que la tolerancia cero no es retórica, es acción.

Y ahora, más que nunca, toca esperar explicaciones claras. Porque cuando se habla de corrupción, no bastan palabras fuertes; se necesitan hechos contundentes.

Y esta vez, los hechos hablaron.

 

Botón volver arriba