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EDITORIAL | De emboscado a cazador: la vuelta del destino contra el narcotraficante “El Mencho”


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Lo que ocurrió en 2020 en la capital mexicana no fue una escena de ficción ni un guion salido de Hollywood. Fue una guerra declarada a plena luz del día. Más de 400 impactos de bala contra una camioneta blindada. Un atentado directo, brutal y sin contemplaciones contra el entonces jefe policial Omar García Harfuch.

La orden, según las autoridades, habría salido del círculo del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), Nemesio Oseguera Cervantes, conocido mundialmente como “El Mencho”. No fue un mensaje simbólico. Fue un intento claro de ejecución.

Y, sin embargo, sobrevivió.

Seis años después, el hombre que fue emboscado encabeza la estrategia frontal contra las estructuras criminales que intentaron silenciarlo. La historia dio un giro que parece escrito por la providencia: el objetivo se convirtió en estratega; el atacado, en conductor de la ofensiva.

Aquí no hablamos solo de política de seguridad. Hablamos de temple.

Sobrevivir a una lluvia de balas no es un dato estadístico. Es una marca en la conciencia. Es una cicatriz que redefine el carácter. Cuando alguien atraviesa el fuego y no se quiebra, no vuelve igual: vuelve más firme, más decidido y, sobre todo, con claridad de propósito.

La lucha contra el crimen organizado en México no es sencilla ni romántica. Es compleja, sangrienta y profundamente peligrosa. Pero también es una batalla de símbolos. Y el símbolo de un hombre que sobrevivió a un atentado de esa magnitud y hoy dirige la ofensiva envía un mensaje poderoso: el miedo no puede gobernar.

Mi admiración y respeto para Omar García Harfuch. Un hombre que, guste o no su línea estratégica, ha demostrado valor personal en el terreno más difícil: el de la vida o la muerte.

Porque cuando el crimen organizado intenta imponer su ley con balas, y la respuesta no es la rendición, sino la determinación, el equilibrio cambia.

Al final, la historia enseña algo que muchos olvidan: la justicia puede tardar, pero la vida tiene maneras extrañas de ajustar cuentas.

La justicia divina, tarde o temprano, llega. Siempre llega.

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