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RESUMEN
En el Partido Revolucionario Moderno (PRM) hay pseudos dirigentes que están más confundidos y perdidos que Confucio en un laberinto sin salida. Y lo más grave no es su desorientación política, sino el daño directo que le están causando al partido, al Gobierno y al propio presidente Luis Abinader.
Cuando un partido llega al poder, lo primero que debe cuidar es su coherencia interna, su disciplina y, sobre todo, su imagen pública. Sin embargo, lo que estamos viendo es todo lo contrario: dirigentes que, en pleno siglo XXI en la era de la tecnología, la información instantánea y las redes sociales se atreven a amenazar, atacar, amedrentar e incluso intentar silenciar a periodistas y trabajadores de la prensa.
Eso no es estrategia política. Eso es torpeza.
Eso es inmadurez.
Eso es suicidio institucional.
Un partido que nació con el discurso del cambio no puede comportarse con los mismos vicios que criticó durante años. No puede levantar la bandera de la democracia mientras algunos de sus cuadros actúan como si vivieran en tiempos de oscurantismo político.
Atacar a la prensa es cavar su propia tumba mediática. Perseguir la crítica es debilitar la democracia que dicen defender. Amedrentar voces es exhibir miedo, no fortaleza.
Y lo más preocupante es que esas acciones no solo afectan al partido; golpean directamente la obra de gobierno del presidente Abinader. Porque cada amenaza, cada exabrupto y cada arrebato autoritario se convierte en munición para la oposición y en decepción para la ciudadanía que creyó en un proyecto diferente.
El PRM no necesita fanáticos descontrolados. Necesita estadistas. No necesita matones, sicarios ni delincuentes. Necesita líderes con formación política y madurez democrática.
En política, el poder no se defiende con intimidación; se sostiene con resultados, coherencia y respeto a las libertades públicas. Si algunos dirigentes no entienden eso, entonces el problema no es la oposición, no es la prensa, no son las redes sociales. El problema está dentro del PRM. Y si el partido no corrige a tiempo, terminará pagando el precio de la soberbia y la improvisación.
Porque en democracia, quien no tolera la crítica demuestra que no está preparado para gobernar en estos tiempos modernos.
