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RESUMEN
El Partido Revolucionario Moderno (PRM), organización que llegó al poder impulsada por la esperanza de cambio, la cercanía con la gente y el compromiso de gobernar para todos, enfrenta hoy uno de los momentos más delicados de su historia política.
Las señales de desgaste son cada vez más evidentes. El descenso en los niveles de respaldo electoral y el creciente descontento de amplios sectores de la militancia reflejan una realidad que no puede seguir siendo ignorada. Cuando un partido deja de escuchar a sus bases, se distancia de sus dirigentes históricos y pierde el contacto con quienes hicieron posible su victoria, inevitablemente comienza a debilitarse.
En ese contexto, resulta imposible obviar la responsabilidad política que muchos atribuyen a figuras de la dirección partidaria como José Ignacio Paliza, Carolina Mejía y Deligne Ascención. Para numerosos dirigentes y simpatizantes, las decisiones adoptadas por este liderazgo han contribuido al deterioro de la estructura partidaria, provocando una profunda desmotivación entre quienes durante años trabajaron para construir el triunfo del presidente Luis Rodolfo Abinader y del PRM.
El sentimiento de abandono expresado por dirigentes de base, fundadores y militantes es una realidad que merece atención. Son muchos los que sostienen que, una vez alcanzado el poder, una parte importante de quienes hicieron posible la victoria fue relegada, mientras otros sectores ocuparon espacios de influencia. Esa percepción ha generado una hemorragia política y social que, de no corregirse a tiempo, podría tener consecuencias electorales de gran magnitud.
Ningún partido puede sostenerse únicamente desde las oficinas ni desde las cúpulas. La verdadera fortaleza de una organización política reside en su militancia, en sus dirigentes comunitarios y en quienes defienden el proyecto en cada barrio, municipio y provincia del país.
Si el PRM aspira a conservar el respaldo popular y mantenerse como una opción de gobierno, deberá emprender una profunda reflexión interna, reencontrarse con sus bases, corregir errores y recuperar la confianza de quienes alguna vez creyeron que el cambio también significaba reconocimiento, participación y justicia para su propia dirigencia.
La política castiga la soberbia y premia la capacidad de rectificar. Ignorar las señales de alarma nunca ha sido una estrategia inteligente. El tiempo para corregir aún existe, pero cada día que pasa sin escuchar el clamor de la militancia acerca más al partido al riesgo de perder el respaldo que un día lo llevó al poder.
