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RESUMEN
Por Julio Alberto Martínez Ruiz
El presidente Abinader tronó con palabras estruendosas ante los allanamientos que encabezó en la madrugada del viernes el Ministerio Público en el caso denominado Senasa 2.0: “Todo el que tenga mérito para ser sometido, que sea sometido, y que esto sirva de ejemplo de que el que comete un acto de corrupción va a ser sometido a la justicia y va a la cárcel. Y todavía peor en un área como la salud. Lo que queremos es que todo el que haya cometido un acto ilegal sea sometido a la justicia y que caiga todo el peso de la ley. Que sirva de advertencia —atención, funcionarios que se creen muy habilidosos— que no importa quien sea, va a ser sometido a la justicia”.
Si eso lo hubiera dicho solo en campaña tendría sentido por la lógica electoral que impera en quien pretende alcanzar el poder. Si lo hubiera dicho solo a principios de su primer mandato también tendría sentido por la inflación de las expectativas —una campaña poselectoral— que suele acompañar a los novicios e ingenuos presidentes electos cuando la fortuna le permite subir las escalinatas del Palacio Nacional.
Pero a seis años de gobierno —por el espacio temporal— se puede aquilatar el peso de la coherencia de una convicción que parece que le acompañará hasta el final de sus días como presidente número 67 de la República Dominicana: transparencia y lucha inquebrantable contra la corrupción e impunidad.
Me pregunto, con toda legitimidad por lo que he podido observar a mi corta edad en el contexto social dominicano: ¿de dónde surgen esas convicciones en una sociedad tan voluble, donde impera —como decía Marx sobre la clase media— la contradicción social en acción. Por un lado aspira a la vida de lujo de los ricos, por otro lado vive las privaciones y estrecheces de los pobres. Entre la ambición de los lujos y las privaciones que impone un limitado presupuesto se genera un mar de contradicciones que en vez de cerrar se ensancha con el tiempo. Por eso vemos tanta incoherencia. Pero también, una sociedad donde los ricos —generalmente sin patria como decía Américo Lugo— tampoco escatiman esfuerzos para poner de un lado sus escrúpulos cuando tienen el botín del Estado a su merced. Como en efecto demuestra el caso Senasa: fueron los pobres, los postergados, los sintitulos, los miserables; los estafados.
Históricamente he tenido mis reservas con las actuaciones del Ministerio Público, desde que me tocó padecerlas hasta cuando observo los injustificables excesos que se cometen con los demás. En vez de casarse con la gloria, los titulares de esa poderosa entidad suelen casarse con la gloria del espectáculo pasajero.
Sin embargo, con el testimonio del ejemplo y la contumaz persistencia de una especie de ave golondrina extraña que intenta volar rápidamente en el gélido invierno de la corrupción —que ha padecido nuestro país desde inicio de su historia republicana— el presidente Abinader al enviar el primer expediente de SENASA con graves irregularidades e indicios de corrupción a las autoridades judiciales dijo de manera categórica: “tengo amigos, pero no cómplices”. ¿Habrá heredado esas convicciones de sus padres? ¿Alguna experiencia particular habrá moldeado su carácter? No lo sé.
La idea que predominó por años e hizo costumbre en el ejercicio del poder era la de priorizar el crecimiento económico por encima de cualquier disyuntiva ética. De que en política se hace lo que conviene aunque no sea lo correcto. Eso generó una cultura de tolerancia a la corrupción socialmente aceptada. Explosionó con fuertes cuestionamientos al pasado gobierno en el año 2020. Hoy, sin embargo, prevalece la idea de que el desarrollo económico y social y el ejercicio ético del poder y la política no son mutuamente excluyentes.
A su salida del poder el 16 de agosto del 2028, se le podrán hacer muchos cuestionamientos en torno a las políticas públicas de su gestión, como despiadadamente tendemos a hacer desde la prensa con los presidentes salientes. Se podrá comparar su legado con sus predecesores y su inmediato sucesor. Pero, en cuanto a la ética en el ejercicio del poder, sin dudas podrá sentarse en su propio y altísimo pedestal.
