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¿Deberíamos los dominicanos importar el sistema educativo surcoreano?

Por: Nelson Ortega

A finales del año 2016 la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) hizo públicos los resultados de sus pruebas PISA. Las mismas miden el rendimiento académico en ciencias, matemáticas y lectura en estudiantes de 15 años residentes en 72 países. El gobierno dominicano decidió, en el marco de la denominada “revolución educativa”, inscribir al país en la más reciente edición de PISA a manera de trazar una línea base a partir de la cual sea posible verificar el impacto de las nuevas políticas educativas.

Tras los pobres resultados de nuestros estudiantes por un lado y el desempeño espectacular de países como Corea, Singapur, China y Japón por el otro, sería justo preguntase: ¿Deberíamos los dominicanos importar e implementar el sistema educativo de alguno de estos países asiáticos? En las siguientes líneas argumentaré, basado en mis experiencias como estudiante y educador en Corea del Sur, que a pesar de que los sistemas asiáticos poseen elementos muy positivos que podrían beneficiar grandemente a nuestro país, estos también padecen debilidades estructurales que deben observarse con precaución.

Empecemos hablando de las bondades de los sistemas educativos asiáticos, específicamente del sistema coreano. Una de las características distintivas de este sistema es el alto nivel de disciplina, respeto a los mayores y apego a las reglas de los alumnos. Corea del Sur es una sociedad marcada por la cultura militar donde desde muy temprana edad se les inculca a los niños y niñas un sentido de respeto por las normas y la autoridad. Cada alumno viste impecable y de corbata. Existen armarios especiales para colocar los zapatos con subdivisiones que llevan el nombre de cada estudiante. Las pandillas juveniles, el tráfico de drogas y la violencia son inexistentes. Esto se traduce en un país con un gran acervo de capital social y una ciudadanía que por lo general respeta las leyes.

Otra perla del sistema coreano es el sitial de honor que tienen los educadores. El salario de los docentes se equipara al de profesionales de primer orden y los coloca en un escalafón social comparable al de doctores, abogados o altos funcionarios gubernamentales. Solamente el 5 % de los estudiantes logra entrar a las escuelas de magisterio del país. Es tan alto el prestigio que tienen los docentes en Corea del Sur que aquellos que logran certificarse como maestros se convierten automáticamente en los solteros y solteras más codiciados.

Sin embargo, no todo es color de rosas en el sistema educativo surcoreano. A pesar de ser punteros a nivel mundial en desempeño académico, los niños surcoreanos son también líderes en categorías infames como depresión, insatisfacción, infelicidad en la escuela y lo que es aún más alarmante, en suicidio juvenil. De acuerdo con estadísticas oficiales el suicidio es la principal causa de mortalidad en personas de entre 14 y 24 años. La tasa de suicidio en esta cohorte es de 7.8 por cada 100,000 habitantes, por encima incluso de los accidentes de tránsito que es de 4.4 y duplicando el promedio de los países de la OCDE.

¿Cómo es posible entonces que en un país tan rico como Corea del Sur los niños y jóvenes sean a la vez tan infelices? La respuesta a esta pregunta es compleja y requiere conocer la cultura milenaria de sacrificios, meritocrácia y honor familiar de los coreanos. Lo primero es que en Corea del Sur la educación es la principal escalera de ascenso social. Un buen desempeño en la escuela primaria facilitaría que el estudiante entre a una buena preparatoria o bachillerato. Esto a su vez se traduce en admisión a una universidad de elite lo que a su vez aumenta las posibilidades de que él o la joven se case con una persona “de buena familia” o por lo menos que consiga trabajo en una de las grandes multinacionales coreanas. Fallar en los estudios es equivalente a fallar en la vida. Una mala calificación puede provocar en un niño coreano un episodio depresivo demasiado abrumador para una mente joven y aún en formación. Todo esto provoca un enfoque excesivo en las pruebas estandarizadas en detrimento de las artes, los deportes y otras actividades extracurriculares.

Corea del Sur ha educado a sus hijos e hijas para maximizar sus posibilidades de alcanzar una vida “segura y estable”. Pasa el examen, entra a una gran universidad, cásate con la persona adecuada, trabaja para una gran empresa y espera pacientemente ser promovido a una posición directiva. No es que esto sea malo en sí mismo, pero uno de los efectos negativos de este sistema es que las mentes surcoreanas más brillantes van a parar a oficinas gubernamentales o a cubículos de las grandes empresas y casi nunca a generar ideas de negocios, ni a tomar riesgos creando start-ups al estilo Silicon Valley. Los jóvenes coreanos ocupan los últimos lugares en emprendimiento del mundo desarrollado. Las historias de emprendedores al estilo Mark Zuckemberg, el fundador de Facebook, brillan por su ausencia.

Los dominicanos tenemos mucho que aprender del sistema educativo coreano. El mismo ha producido estudiantes competentes, disciplinados y con altos niveles de civismo. Pero es importante recordar que el objetivo de un sistema educativo no debe ser escalar en las posiciones del tablero PISA. Las pruebas estandarizadas deben ser herramientas diagnósticas y no un fin en sí mismo.

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