Opinión

El arte de las preguntas incómodas


Por: LUIS BEIRO

Tengo fama de encendedor. Primero me incendio: Es bueno sentir en carne propia el dolor de la quemadura. Después toca el turno a los pasantes, a quienes intento entrenar en el mundo de la provocación. Trato de mostrar la contraparte de este oficio.

Cada quien prefiere sacar a la luz su lado claro, su imagen lustrosa, digna, como eficiente organizador “que sabe hacer las cosas como se deben”. Siempre he bregado contra profesores que obligan a los estudiantes a comprar sus propios libros, generalmente mal escritos y a precios excesivos. Lo he dicho y escrito.

Mi hijo, quizás mi amigo, socio, confidente, colaborador y confesor más íntimo y cercano, pagó en carne propia mi afán contra los voceadores académicos de ofertas librescas. La anécdota es simple. En sus años universitarios un profesor osó vender en su curso un tomo de su propia cosecha, mal fundamentado, lleno de incoherencias y lagunas. Mi hijo asumió el liderazgo para impedir la venta. Sus compañeros lo apoyaron, pero fue expulsado del curso y le quemaron la asignatura. No se graduó con honores, pero no le hizo falta. Los honores los ha conseguido con su talento, sabiduría profesional, astucia y conducta ciudadana. Esos profesores que sin escrúpulo alguno venden sus libros en el aula a precios elevados para obligar al alumno a estudiar por ellos, debieran organizar fiestas del saber para compartir experiencias, ponencias o diversos textos.

En las ruedas de prensa se entablan diálogos juiciosos donde cada quien esgrime su verdad, informa y celebra, mientras el periodista descubre ocultamientos, expone dudas y sus ideas tienen más peso que la contracción de las facciones de quien las convoca.

Cuando se anuncian o suceden, salen de abajo de las rocas como moluscos forrados de terciopelo y se apoderan del escenario loa autotitulados ‘gestores’ que se apoderan de los mismos sin ningún tipo de pudor o respeto hacia quienes los escuchan.

Son personas que jamás han escrito una línea que valga la pena, ni saben construir imágenes ni metáforas, ni pensar. Pero se abrogan el derecho de imponer sus reglas a quien las contradiga. No se le puede salir al paso a sus inexactitudes. Solo leen la parte del programa que más le convienen: “Cada cosa en su lugar y su lugar en cada cosa”, dicen. Y no admiten que alguien opine lo contrario.

José María Cabral

Recientemente, asistí a una rueda de prensa. Como quiera que mis ocupaciones son múltiples y mi salud merma, me acompañó una joven colega que ama la lectura y me ha brindado el honor de colaborar conmigo cuando puede. Ella sabe hacer preguntas incómodas. Las aprendió. Sabe la importancia de que todo en la vida no es color de rosa. Al segundo intento de ilustrar en aquella rueda de prensa sobre las tribulaciones de los dominicanos para comercializar sus libros, fue signada con una frasecita muy de moda entre personas desconocedoras de lo que hablan. Por educación, ella terminó el diálogo. Y decidió no hablar m[as ni publicar la información sobre aquel encuentro hasta tanto reciba las disculpas correspondientes por la persona que injustamente la incriminó en público.

Ese es solo uno de los tantos sucesos diarios a que los periodistas se ven expuestos por intentar hacer su trabajo. Las nuevas generaciones ya no temen a nadie. Las preguntas incómodas no solo molestan a políticos, sino también a empresarios y autoridades culturales.

El periodista no es adulón ni secuaz. Nadie se debe incomodar ante un cuestionamiento, aunque moleste. Igual que hay muchas formas de responder, hay otras para replantear la pregunta. Pero la ofensa es un mal que evidencia rigidez educativa por parte de quien lo hace. Tampoco el periodista está para debatir en público con un entrevistado, sino escuchar su respuesta, anotarla y difundirla tal y como fue expresada. Busca el ángulo adecuado, insiste. Y se abroga el derecho de no manipular. En cierta ocasión, le pregunté a funcionario acerca de su decisión de excluir de un evento a una persona por motivos estrictamente personales. Su respuesta trató de silenciarme: “Eso a usted no le incumbe”. Respiré profundo antes de mi contrarréplica: “Es cierto, a mí no me interesa, pero a mis lectores sí”. Y publiqué tal cual lo dijo. La persona se molestó y me retiró su amistad. En ese caso, un deber periodístico se transformó, para él, en un asunto personal. Eso no me ha inhibido de escribir sobre sus libros y a divulgar su trabajo literario, el cual me llega por otras vías. Pero jam[as volví a dirigirle la palabra. En el reciente documental “Tumba y quema”, el director José María Cabral, con mucha decencia, abordó a un exministro de Medio Ambiente y Recursos Naturales sobre ciertas denuncias contra su gestión. Esta vez, y con mucha arrogancia, el exfuncionario no accedió a su solicitud de entrevista. Y Cabral respondió a su silencio con altura. Puso una silla vacía frente la cámara e hizo constar que el aludido decidió no responder a la entrevista. No es que todo esto me permita contradecir la ley de la selva donde la especie más fuerte aniquila al débil, pero siempre traigo a colación la historia de Pinocho cuando entró por accidente en el vientre del gran pez. Allí ideó un fuego para rescatar a su padre y al final de la historia el hada lo convirtió en un niño de verdad por su valor frente al peligro. Ese ingenuo cuento infantil tiene una segunda lectura que pocos hacen suya: la magia celestial nunca convierte en santo al periodista; siempre lo deja a mansalva de la voracidad del gigante marino o a la bravura del océano. El periodista tiene que ingeniárselas por sí mismo para vencer a la ballena.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Botón volver arriba