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El vengador anónimo


“Vengador Anónimo” es el título en español de la película “Death Wish” en la que Charles Bronson interpreta al Arquitecto Paul Kersey. Con la última escena de violencia se debe entender que no se hizo justicia al bautizarla en nuestro idioma. A Kersey lo movía un deseo de morir en duelo con delincuentes, no el propósito de ser el vigilante anónimo en cruzada solitaria contra el crimen que le atribuía la prensa.

Esta película es un ejemplo del axioma libertario de no agresión en que debe basarse la sociedad. También para precisar el significado de legítima defensa y su diferencia con tomar justicia en las propias manos, la venganza privada del ojo por ojo. Monumental en mostrar las oportunidades perdidas por el monopolio oficial en ofertar seguridad en las calles y espacios públicos.

En cada uno de sus enfrentamientos con delincuentes, Kersey no es quien inicia la agresión. Aunque su esposa fue asesinada y su hija está interna en hospital psiquiátrico por el trauma de la agresión, no sale a la calle a buscar venganza disparando al primero con perfil de criminal se encuentre en su camino. Lo que hace es convertirse en carnada: caminar luciendo distraído en calles peligrosas o en el interior del Central Park; leer despreocupado con las fundas del supermercado en un vagón solitario del tren. Los delincuentes que muerden el anzuelo son los primeros que sacan cuchillos y pistolas y hacen su demanda del dinero o la vida como amenaza creíble. Es cuando ya está a punto de decidirse quien pasará la noche en la morgue que Kersey, un tirador experto, se defiende y mata o hiere a sus agresores. Legítima defensa incuestionable.

Me luce que sólo cuando interviene para defender a quien estaba siendo asaltado y golpeado por tres individuos, se puede alegar uso excesivo, no proporcional de la fuerza. Disparó por la espalda a uno que estaba herido, desarmado y trepando una pared para escapar de lo que merecía. Todos los que hirió o mató estaban armados e iniciaron la agresión y se abstuvo de disparar a uno rehusó el desafío a duelo letal. Tampoco disparó a lo loco, poniendo a terceros en peligro de muerte, una regla elemental que sigue todo el que porta armas de manera responsable para la defensa propia.

El New York de Kersey era para los delincuentes el mismo paraíso que hoy es Santo Domingo para los criminales. Restricciones duras y absurdas al porte y tenencia de armas a los civiles convierten a las personas decentes en un blanco fácil para los delincuentes, especialmente, cuando ellos sí saben que la policía no tiene los atributos de omnipotencia y ubicuidad que sólo creen los ingenuos.

La película presenta una reducción dramática de la tasa de criminalidad, confirmando el Crimen y Castigo de Gary Becker cuando se aumenta el riesgo de la actividad delictiva. Una conclusión de sentido común, con miles de ejemplos la comprueban en la realidad, que no podía ignorar un guionista sensato. Digna de volver a ver a quienes ignoran que la autodefensa y la incorporación seguridad privada en barrios y residenciales son claves enfrentar el tsunami delincuencial nos azota.


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