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La Constitución, entre el ser y el deber ser


Por: Arismendy Rodríguez

El ser y el deber ser del Derecho es una cuestión medular dentro de la discusión doctrinal de la Filosofía y la Teoría Jurídica, que ha captado la atención de importantes pensadores a través de los siglos. En esta oportunidad, no pretendo analizar la cuestión filosófica del ser y deber ser del Derecho en general, sino reflexionar en torno al ideal de constitución (deber ser) que alimenta e informa todo proceso constituyente y lo que la constitución termina siendo en un aquí y un ahora concreto y determinado.

Fue el político y pensador alemán Ferdinand Lasalle en una conferencia pronunciada ante una agrupación ciudadana de Berlín en abril de 1862, quien de manera explícita se refirió a la Constitución como “la hoja de papel”. La Constitución es una hoja de papel donde quedan expresados los “factores reales de poder” que conviven en una sociedad. Más o menos en ese sentido se refirió Lasalle a la Constitución como “pedazo de papel”. Hoy día, la expresión se torna peyorativa, bajo el entendido de que cuando hacemos alusión a la Constitución como “pedazo de papel” queremos indicar que la Constitución es objeto de constantes violaciones, veleidades politiqueras, manipulaciones y antojadizas reformas por parte de autoridades y poderes públicos que deberían velar por su cumplimiento.

De manera que, ante las constantes violaciones reformas caprichosas, el ser de la Constitución queda reducido a un pedazo de papel, mera entelequia o poema de la cual se hace uso “a sigún” convenga a un individuo o grupo de individuos detentadores momentáneos del poder.

Entonces, ¿qué se supone que debería ser la Constitución de un país? Debiera erigirse en un real proyecto de nación en el que tomen expresión real y auténtica los más genuinos deseos y aspiraciones del pueblo como único soberano. Para ello la Constitución debe representar una especie de muro de contención que limite la voluntad siempre creciente de acumulación de poder que tienta a los gobernantes y a los poderes políticos, así como erigirse en garante de los derechos y las libertades del soberano.

Para que la Constitución sea lo que debe ser (proyecto de nación) y no a lo que ha quedado reducida (pedazo de papel), debe contar con potentes instrumentos de control de la constitucionalidad o de un sistema completo de garantías o remedios procesales. Ya lo expresaba el jurista italiano Luigi Ferrajoli en su monumental obra “Derecho y razón”: “una Constitución puede ser avanzadísima por los principios y derechos que sanciona y, sin embargo, no pasar de ser un pedazo de papel si carece de técnicas coercitivas – es decir, de garantías- que permitan el control y la neutralización del poder y del derecho ilegítimo”.

En la República Dominicana estamos ávidos de que se impulse una real cultura constitucional, en la que el ciudadano, desde el más humilde hasta el más encumbrado se interese en vivir la Constitución, es decir, la respete y la haga suya, como la vía más expedita para avanzar en el marco de la vida institucional.


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