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Reelección presidencial


Por: Rafael Ciprián

Las sociedades de escaso desarrollo económico, social, político e institucional, como la nuestra, se estremecen cuando un presidente de la República declara su voluntad de reelegirse. Poco importa que esté prohibida o no esa aspiración en la Constitución. Siempre genera inquietudes y ácidas críticas.

Los primeros en criticar la reelección son los que en su práctica han sido reeleccionistas, ya sea desde la misma jefatura del Estado o en estamentos electivos inferiores, como senadores, diputados, alcaldes o regidores. Con lo que se confirma que esa posición contraria a la reelección tiene mucho de hipocresía política. Es mala si es para otro, pero es buena si es para mí, parece ser el discurso secreto. La doble moral campea por sus fueros en las lides públicas. Lástima que los que así actúan lo hacen bajo el predicamento de que los demás son idiotas y desmemoriados.

Pero la verdad es que la reelección presidencial no es mala ni es buena en sí misma. Más aún, en la política, como en la vida, no hay nada que sea absolutamente malo que no tenga algo bueno, ni absolutamente bueno que no tenga algo malo.

Por tanto, satanizar la reelección es un error tan garrafal como divinizarla. Lo ideal sería crear un sistema de consecuencias que funcione contra los actos de corrupción administrativa, y de manejo de los recursos del Estado a favor de candidaturas políticas.

Siempre se ha dicho que un período de cuatro años, como es nuestro caso, no es suficiente para completar una buena administración pública. Dos períodos parecen ideales, si se plagia el modelo norteamericano, y pensionar para siempre al presidente de turno.

Esos límites lo imponen las élites gobernantes, según sus particulares intereses. Parece que la voluntad del pueblo no cuenta. La soberanía popular no solo es un mito, sino que esas minorías privilegiadas la desprecian, por ser la opinión del populacho. Saben, porque lo han hecho eficiente y exitosamente muchas veces, que con un buen marketing político, con un diestro manejo propagandístico pueden manipular a su antojo y conveniencia la voluntad popular. Y explotan sin piedad las miserias materiales, las ilusiones y las emociones de las grandes mayorías nacionales.

Como bien precisó el célebre jurista alemán, Ferdinand Lassalle, que el doctor Joaquín Balaguer lo citó fuera de contexto, la Constitución es un pedazo de papel cuando no se corresponde con las aspiraciones de los factores reales de poder que interactúan en la sociedad


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