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Cuando el poder sube a la cabeza


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En el actual Gobierno se ha vuelto una peligrosa tendencia: mientras menos importantes e imprescindibles son algunos funcionarios, más se creen “la última Coca-Cola del desierto”. Una arrogancia impropia del servicio público, que está minando la imagen del presidente Luis Abinader y erosionando las bases del propio PRM.

Si el mandatario no actúa con firmeza y no se desprende de al menos cinco o diez directores generales, el partido oficialista podría terminar en una crisis peor que la vivida recientemente por el oficialismo en Honduras. Y cuando ese escenario llegue, será demasiado tarde para correcciones.

La experiencia demuestra que los verdaderos funcionarios de Estado no son los que exhiben prepotencia, sino los que mantienen clase, nivel y accesibilidad. En ese sentido, figuras como José Ignacio Paliza, Luis Miguel De Camps, Ito Bisonó, Carlos Bonilla, Samuel Pereyra, Wellington Arnaud, Eduardo Estrella, Víctor Atallah, Carlos Valdés, Joel Santos, Paíno Henríquez, Yayo Sanz, Kelvin Cruz, Franklin García, Alberto Rodríguez, Gloria Reyes, Fellito, Jean Luis Rodríguez, Hostos Rizik, Biviana, Igor Rodríguez, Porcella, Víctor Pichardo, Adolfo Pérez y Salazar han demostrado que el poder no se les ha ido a la cabeza. Son servidores públicos con prestigio, equilibrio y sentido de responsabilidad.

Pero ellos no pueden cargar solos con la imagen del Gobierno. Es momento de que el presidente Abinader asuma el bisturí político: diagnostique, intervenga y corte donde tenga que cortar. No por castigo, sino por obligación moral, institucional y electoral.

El tiempo de actuar es ahora. Porque cuando la soberbia se apodera del poder, el pueblo termina cobrando la factura.

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