
En la República Dominicana de hoy, hay dos realidades que conviven… pero no se tocan. Una, la del pueblo que lucha cada día para sobrevivir entre el alto costo de la vida, el encarecimiento de la comida y la incertidumbre económica global. Y otra, la de una clase política que, en medio de ese mismo escenario, levanta la voz… pero no para defender a la gente, sino para exigir lo suyo.
Sí, lo suyo. Porque mientras millones de dominicanos hacen malabares para poner arroz y habichuelas en la mesa, los partidos políticos convocan reuniones de “extrema urgencia” ante la Junta Central Electoral… no para debatir soluciones, no para proponer salidas a la crisis, no para aliviar la carga social… sino para expresar su “profunda preocupación” por la posible reducción del dinero que reciben del Estado. Una escena que no solo indigna… retrata.
Retrata una cultura política deformada, donde el poder dejó de ser un instrumento de servicio para convertirse en una maquinaria de supervivencia económica de grupos y élites. Donde la política ya no es sacrificio ni compromiso… sino negocio. Y lo más grave no es que pidan recursos. Lo verdaderamente alarmante es el momento en que lo hacen… y la desconexión brutal que exhiben frente al país real.
Porque cuando una nación enfrenta dificultades, lo mínimo que se espera de sus dirigentes es empatía, prudencia y sentido de responsabilidad. Pero aquí ocurre lo contrario: se activan alarmas, se convocan reuniones urgentes, se elevan discursos… para defender privilegios. Entonces surge la pregunta incómoda, pero necesaria: ¿a quién representan realmente estos partidos? ¿al pueblo… o a sus propias estructuras de financiamiento?
Durante años, el sistema ha sido alimentado por fondos públicos bajo el argumento de fortalecer la democracia. Pero cuando esos recursos se convierten en el centro de la preocupación política, cuando se defienden con más vehemencia que los derechos ciudadanos, entonces algo está profundamente mal. Porque la democracia no se sostiene con cheques… se sostiene con credibilidad.
Y esa credibilidad se erosiona cada vez que la política luce más interesada en proteger su bolsillo que en responder a las necesidades de la gente. Tal vez ha llegado el momento de hacer lo impensable…
de tocar donde más duele…
de reducir, de recortar, de obligar a los partidos a reconectarse con la realidad nacional sin el colchón del dinero fácil.
A ver qué pasa. A ver si así recuerdan que la política no es un botín… es una responsabilidad histórica. Porque cuando el pueblo aprieta el cinturón…
el poder no puede seguir ensanchando el suyo.


