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EDITORIAL | Cuando la justicia no alcanza para el horror


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Hay crímenes que desbordan cualquier marco legal. Hechos tan crueles, tan inhumanos, que dejan al descubierto una verdad incómoda: hay dolores que la justicia no logra reparar, ni siquiera castigar en su justa dimensión.

Lamentamos profundamente que en la República Dominicana no exista la pena de muerte. Y no lo decimos desde la sed de venganza, sino desde la impotencia colectiva que genera un crimen atroz y desgarrador, que marcó para siempre la conciencia de un país entero.

Los 20 o 30 años de cárcel impuestos a los verdugos — Mario José Redondo Llenas condenado a 30 años y Juan Manuel Moliné Rodríguez sentenciado a 30 y dejado en 20 años luego de su apelación En 2006 — resultan, para muchos, una burla frente a la magnitud del horror cometido. Aquellos que debieron proteger, cuidar y ser refugio de un niño, se convirtieron en sus peores enemigos. Traicionaron no solo un vínculo familiar, sino el principio más básico de humanidad.

¿Puede una condena temporal compensar una vida arrancada con crueldad? ¿Puede el paso de los años borrar el sufrimiento de una familia, de una sociedad entera que aún recuerda con rabia e impotencia? La respuesta es no.

Este caso sigue siendo una herida abierta. Un recordatorio brutal de que el sistema de justicia, aunque necesario, no siempre es suficiente para sanar ni para equilibrar el daño causado. Porque hay crímenes que no prescriben en la memoria ni en el alma de un pueblo.

Hoy, más que nunca, este tipo de hechos obliga a reflexionar: ¿estamos haciendo lo suficiente como sociedad para prevenir estas barbaries? ¿Dónde fallaron los entornos, las señales, las instituciones? ¿Cuántas tragedias más deben ocurrir para que el país enfrente con firmeza la protección de los más vulnerables?

Cuando la justicia no alcanza, lo único que queda es la memoria… y la exigencia permanente de que nunca más se repita algo así.

Porque hay delitos que no solo matan a una persona… matan la confianza, la inocencia y la fe en la humanidad. Y eso, sencillamente, no tiene condena suficiente.

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