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EDITORIAL | El desarrollo no puede construirse aplastando al pueblo fronterizo de Dajabón


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Mientras algunos sectores venden el proyecto del Puerto Seco como la gran solución para el desarrollo de la frontera, hay una verdad incómoda que pocos se atreven a decir: ningún modelo económico puede llamarse progreso si destruye a quienes durante décadas han sostenido con sacrificio la economía fronteriza dominicana.  

El comercio fronterizo no nació de un decreto, ni de una oficina climatizada en Santo Domingo. Fue levantado por hombres y mujeres humildes, comerciantes, transportistas, pequeños empresarios y familias enteras que, en medio del abandono estatal y las dificultades históricas, construyeron una dinámica económica capaz de generar empleos, mover mercancías y mantener viva la frontera dominicana. 

Pretender ahora diseñar un Puerto Seco como un espacio exclusivo para grandes operadores económicos, dejando fuera a los pequeños y medianos comerciantes que han sido el motor del intercambio binacional, sería una traición social, económica y moral contra el pueblo fronterizo.  

El comercio binacional entre República Dominicana y Haití no es simplemente una actividad comercial. Es uno de los pocos mecanismos de integración y estabilidad social que han logrado sobrevivir en una región históricamente marcada por tensiones, crisis y pobreza. Desmantelar o debilitar ese tejido económico sin establecer medidas de protección social sería abrirle las puertas al desempleo masivo, al contrabando, a la informalidad y al colapso de miles de familias que dependen directamente de esa actividad.  

Detrás de cada comerciante fronterizo hay una familia que come, una pequeña bodega que sobrevive, un chofer que trabaja, un ayudante que lleva sustento a su casa y una economía local que respira gracias al intercambio comercial. Ignorar esa realidad sería cometer un error técnico grave y una injusticia histórica imperdonable.  

El desarrollo verdadero no puede convertirse en una maquinaria diseñada para desplazar a los pobres y concentrar las oportunidades en manos de unos pocos privilegiados. Porque cuando el Estado planifica de espaldas al pueblo, lo que se produce no es desarrollo… es exclusión disfrazada de modernidad.

La frontera necesita orden, inversión e infraestructura, sí. Pero también necesita sensibilidad social, inclusión económica y respeto por quienes han levantado esa región con sudor, sacrificio y trabajo honesto.

Si el Puerto Seco no incluye al pequeño comerciante, al transportista y a la economía tradicional fronteriza, entonces no será un proyecto de desarrollo nacional… será simplemente otro negocio para las élites construido sobre la ruina del pueblo.

 

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