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EDITORIAL | El PRM no puede traicionar su propia razón de existir como organización política


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Lo que acaba de anunciar la Dirección Ejecutiva del Partido Revolucionario Moderno (PRM) no es un simple movimiento administrativo ni una decisión interna sin consecuencias. Es una peligrosa señal política que amenaza con golpear el corazón mismo de la democracia partidaria y con traicionar los principios sobre los cuales nació esa organización política.

Pretender extender el mandato de las actuales autoridades del PRM sin acudir al voto de la militancia constituye un precedente grave, preocupante y profundamente contradictorio con la esencia democrática que el partido prometió defender cuando surgió como alternativa frente a las viejas prácticas caudillistas, excluyentes y autoritarias de otros partidos tradicionales.

El PRM no nació para parecerse a aquello que combatió. Nació precisamente para romper con las imposiciones de cúpulas, con las decisiones tomadas entre pocos y con los mecanismos que le arrebataban a las bases el derecho sagrado de elegir sus autoridades. Por eso resulta alarmante que hoy algunos sectores pretendan vender como “necesidad política” lo que en realidad representa una violación moral, institucional y estatutaria contra la democracia interna del partido.

La Constitución de la República es clara. El artículo 216 establece que los partidos políticos deben organizarse y funcionar respetando la democracia interna y la participación de sus miembros. No es una sugerencia. Es un mandato constitucional. La Ley 33-18 también es contundente: los partidos están obligados a renovar periódicamente sus autoridades mediante mecanismos democráticos.

Pero más contundentes todavía son los propios Estatutos del PRM, que hoy parecen ser ignorados por quienes deberían ser sus principales guardianes. El artículo 5 establece que la soberanía del partido reside en la voluntad democrática de su militancia. No en acuerdos de aposento. No en pactos de cúpulas. No en decisiones cocinadas entre dirigentes. La soberanía pertenece a las bases. Los artículos 11, 20 y 21 hablan de institucionalidad democrática, funcionamiento regular y participación activa de la militancia. Y el artículo 51 deja claramente establecido el carácter obligatorio y periódico de la renovación de las autoridades partidarias.

Sin embargo, el artículo más demoledor en esta discusión es el 52 de los Estatutos del PRM. Ese artículo desmonta cualquier intento de justificar una extensión extraordinaria de mandatos.

¿Por qué? Porque ordena expresamente que la Comisión Nacional de Elecciones Internas debe iniciar los preparativos del proceso convencional con un año de anticipación al vencimiento de las autoridades. Eso significa una sola cosa: el constituyente interno del PRM jamás contempló suspender, congelar o aplazar indefinidamente las elecciones internas. Todo lo contrario. Los Estatutos parten de la obligación de celebrarlas dentro del plazo correspondiente.

Entonces surgen preguntas inevitables y políticamente explosivas: ¿Por qué no se convocó a tiempo la Comisión Nacional de Elecciones Internas? ¿Por qué no se inició el cronograma organizativo que ordenan los Estatutos?

¿Por qué ahora quieren sustituir el derecho al voto de la militancia por una prolongación extraordinaria del poder interno? No se puede provocar deliberadamente el incumplimiento de un mandato estatutario y luego utilizar ese mismo incumplimiento como excusa para imponer una prórroga. Eso sería institucionalizar la violación de las normas internas. Y lo más peligroso de todo es el mensaje político que esto envía hacia la sociedad dominicana.

Porque cuando un partido comienza a debilitar su democracia interna, termina debilitando también su compromiso democrático frente al país. Resulta inaceptable que se intente presentar el voto de la militancia como un problema para la gobernabilidad, cuando precisamente el PRM conquistó el poder prometiendo más institucionalidad, más transparencia y más participación. La democracia nunca puede ser vista como una amenaza.

La verdadera amenaza es el miedo a la democracia. La verdadera amenaza es convertir los partidos en estructuras cerradas donde las bases solo sirven para hacer campaña, levantar banderas y aplaudir decisiones tomadas desde arriba.

El PRM debe recordar algo fundamental: los partidos no pertenecen a sus dirigentes circunstanciales. Los partidos pertenecen a su militancia y a la sociedad que depositó en ellos su esperanza de cambio. Y si el PRM termina cayendo en las mismas prácticas que criticó durante años, entonces habrá comenzado a traicionar no solo sus Estatutos… sino también su propia historia.

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