
En la República Dominicana hay algo más peligroso que la incompetencia: la imprudencia con poder. Y cuando ambas se juntan en un funcionario público, el resultado no es solo vergonzoso… es dañino para la institucionalidad del país.
Lo ocurrido con el director de la DIDA, Elías Báez, no es un simple exabrupto en redes sociales. Es el reflejo de una cultura de arrogancia, irrespeto y falta de formación que se ha filtrado peligrosamente en ciertos niveles del Estado. Un funcionario que, lejos de representar con altura su investidura, actúa como si la diplomacia fuera un ring de barrio y no un terreno delicado donde se juega la imagen de toda una nación.
Y entonces llega la realidad. Llega la voz firme de la embajadora de los Estados Unidos, Leah Francis Campos, y pone las cosas en su sitio. Sin estridencias, sin vulgaridades, sin perder la compostura, pero con una claridad que retumba: “Si mi postura crea temor, bienvenido”. Un mensaje directo, sin rodeos, que deja claro que la lucha contra el narcotráfico no distingue rangos, apellidos ni posiciones.
Ahí es donde se desnuda la diferencia entre la diplomacia y el descontrol. Entre la autoridad con fundamento y la bravuconería sin sustancia. Porque no se trata de quién habla más duro… sino de quién tiene el peso, la credibilidad y la responsabilidad de lo que dice.
Lo preocupante no es solo el desliz de un funcionario. Lo verdaderamente alarmante es que alguien sin la preparación, el nivel ni la prudencia necesarios esté ocupando una posición desde la cual puede comprometer relaciones internacionales, generar tensiones innecesarias y proyectar una imagen de irrespeto institucional.
Un país no puede darse el lujo de tener voceros improvisados en posiciones clave. No puede seguir tolerando que la falta de inteligencia emocional, de criterio y de formación diplomática se convierta en norma dentro del aparato estatal. Porque mientras unos hablan sin pensar… otros actúan con firmeza y estrategia. Y en ese contraste, la República Dominicana queda expuesta.
Este no es un episodio aislado. Es una señal de alarma. Es el síntoma de un problema más profundo: la peligrosa banalización del poder. Cuando un funcionario cree que puede hablarle al mundo como si estuviera en una esquina cualquiera, no solo se equivoca… pone en evidencia que nunca debió estar donde está.
Y en un tema tan serio como el narcotráfico, donde se cruzan intereses globales, seguridad nacional y cooperación internacional, no hay espacio para improvisados.
Aquí no se trata de orgullo personal. Se trata de país. De respeto. De institucionalidad. Y eso, sencillamente, no admite relajo.


