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Editorial | Los ricos y los hijos de ellos están acabando con el país


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En la República Dominicana se ha instalado una peligrosa percepción: mientras los barrios cargan con los estigmas, los verdaderos responsables de los grandes fraudes y escándalos financieros suelen provenir de los círculos privilegiados.

El reciente caso que involucra un presunto fraude millonario contra la ARS SeNaSa vuelve a poner sobre la mesa una realidad que muchos prefieren ignorar. Ninguno de los implicados en procesos de corrupción de alto calibre reside en Gualey, Los Guandules o Guachupita. No son jóvenes de los sectores marginados, ni familias que luchan por sobrevivir día a día.

Los nombres que aparecen en expedientes, investigaciones o escándalos mediáticos suelen tener otra procedencia: apellidos acomodados, vínculos empresariales, niveles educativos privilegiados y acceso a círculos de poder. Es decir, pertenecen a esa élite que, paradójicamente, siempre se presenta como “los que sostienen el país”.

Sin embargo, cuando se destapan grandes irregularidades, cuando el Estado pierde millones, cuando se manipulan estructuras para beneficio personal, los protagonistas rara vez vienen de los barrios empobrecidos a los que tanto se responsabiliza de todos los males nacionales.

Mientras tanto, en los sectores populares los jóvenes son señalados, vigilados, perseguidos y hasta marcados por su código postal, mientras las grandes estafas nacen, crecen y se ejecutan desde oficinas con aire acondicionado, escritorios de madera fina y trajes de marca.

Es hora de que el país revise esta doble moral: La que criminaliza la pobreza, y blanquea con discursos de “éxito” a quienes saquean al Estado desde posiciones privilegiadas.

Porque si algo está claro es que la corrupción de cuello blanco hace infinitamente más daño que cualquier delito cometido por quienes no han tenido ni siquiera la oportunidad de elegir otro camino.

Los ricos y los hijos de ellos están acabando con el país. Y mientras no entendamos eso, seguiremos atacando los síntomas mientras ignoramos al verdadero origen de la enfermedad.

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