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RESUMEN
El Partido Revolucionario Moderno (PRM) está ante una encrucijada histórica: o fortalece su esencia democrática o corre el riesgo de erosionarla desde dentro. Las llamadas “comisiones de consenso” para la escogencia de sus autoridades internas no son más que mecanismos disfrazados que, en lugar de unir, terminan debilitando la institucionalidad partidaria.
Pretender sustituir la voluntad de la militancia por acuerdos de cúpulas es un error político de alto costo. Los partidos no se construyen en oficinas cerradas ni en mesas de negociaciones exclusivas; se edifican en el sentir, la participación y el voto de sus bases. Cada dirigente, cada militante, cada simpatizante tiene el derecho legítimo de elegir y ser elegido sin intermediarios ni imposiciones.
La democracia interna no es un lujo ni una formalidad, es una necesidad vital. Cuando se limita, se envía un mensaje peligroso: que la dirigencia no confía en su propia gente. Y cuando un partido deja de confiar en sus bases, comienza a perder su razón de ser.
El PRM nació como una alternativa democrática frente a prácticas que durante años fueron criticadas en otras organizaciones políticas. Repetir esos mismos vicios sería traicionar su origen, su discurso y, peor aún, la esperanza de miles de dominicanos que creyeron en un cambio real.
Disolver esas comisiones no solo es lo correcto, es lo urgente. Es devolverle la voz a la militancia, es abrir las puertas a la transparencia, es garantizar que quienes dirijan el partido cuenten con la legitimidad que solo otorga el voto libre y democrático.
La fortaleza de un partido político no radica en el control de unos pocos, sino en la participación de muchos. Y la democracia dominicana no se sostiene con consensos forzados, sino con decisiones emanadas del pueblo.
Si el PRM quiere consolidarse como una verdadera fuerza democrática, debe empezar por dar el ejemplo desde adentro. Porque sin democracia interna, no hay autoridad moral para defender la democracia nacional.
