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Reunión de Alaska: Trump y Putin


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Por: Julio E. Diaz Sosa

El viernes 15 de agosto de 2025 se produjo un encuentro histórico en la base militar estadounidense de Anchorage, en el estado de Alaska, entre los presidentes Vladímir Putin de Rusia y Donald Trump de Estados Unidos. Cabe señalar que Alaska fue un territorio ruso hasta 1867, cuando Estados Unidos lo adquirió por la suma de US$7.2 millones.

Los medios de comunicación anticipaban que el tema central de la agenda sería el conflicto en Ucrania, y por ello muchos auguraban un fracaso. Horas antes del encuentro escribí en mi cuenta de X (antes Twitter) que mi consejo para el presidente Trump era que no intentara jugar ajedrez con Putin; a buen entendedor, pocas palabras. Con ello me refería a que, si Trump se embarcaba en una negociación abierta sobre la guerra, los intereses estadounidenses saldrían perjudicados, dado el terreno ventajoso que hoy ocupan Putin y Rusia. Todo buen ajedrecista conoce jugadas previas al desenlace cuando la partida está prácticamente definida. Ese símil aplica al caso ucraniano, y Trump lo sabe.

Aunque se desconocen los detalles del diálogo, el lenguaje corporal de ambos líderes permite inferir que se abordaron temas con potencial de cooperación mutua. Uno de ellos pudo ser la energía, especialmente el petróleo. Trump ha descartado la agenda verde de la ecuación energética y busca consolidar la posición estratégica de Estados Unidos como mayor productor de crudo. Rusia, actor clave dentro de la OPEP+, comparte con Washington el interés de mantener mercados ordenados y evitar sobresaltos de precios que afecten tanto la política interna como el crecimiento global. Consultas informales —separadas de la toma de decisiones de la OPEP+— sobre oferta, sanciones y riesgos de seguridad podrían ayudar a reducir la volatilidad. Los recientes récords de producción estadounidense y los ajustes de la OPEP+ muestran lo delicado del equilibrio: una mayor transparencia sobre flujos previstos sería de utilidad tanto para operadores como para responsables de políticas.

Otro punto de suma relevancia habría sido el tratado nuclear START. Más allá de sus diferencias, Washington y Moscú siguen siendo las principales potencias nucleares del mundo. El Nuevo START —prorrogado hasta el 4 de febrero de 2026— es el último tratado que limita las ojivas estratégicas desplegadas y los sistemas de lanzamiento. Rusia suspendió su participación en 2023, deteniendo inspecciones e intercambio de datos, aunque ha mostrado apertura intermitente a nuevas conversaciones. Los límites del tratado se mantienen vigentes hasta su expiración, tras lo cual no habrá topes jurídicamente vinculantes. Esto fija una fecha límite clara para cualquier canal Trump–Putin que busque estabilizar el equilibrio estratégico y reconstruir transparencia, aunque sea con salvaguardias interinas y más ligeras si un tratado completo resulta inalcanzable en el corto plazo.

Un enfoque práctico sería adoptar medidas de confianza de tipo “START-lite”: notificaciones mutuas para grandes ejercicios y pruebas de misiles; un mecanismo sustituto de inspecciones —ya sea a través de terceros o mediante medios técnicos nacionales y declaraciones—; y un mandato con plazo definido para negociar un tratado sucesor que cubra límites de ojivas y sistemas no desplegados. Si la política interna de ambos países no permite un tratado formal, un acuerdo ejecutivo políticamente vinculante podría al menos frenar una carrera armamentista y ganar tiempo para un pacto duradero. Las recientes señales de Moscú sobre un “nuevo tratado” sugieren que aún existe una ventana para el diálogo, aunque estrecha y de carácter táctico.

En el plano geoeconómico y geoestratégico, Putin y Trump comparten intereses claros. El Ártico es uno de los escenarios donde ambos podrían equilibrar la rivalidad con cooperación pragmática. El deshielo de los casquetes polares abre nuevas rutas marítimas —la Ruta Marítima del Norte para Rusia y los pasajes transárticos de interés para los aliados de EE. UU.—. Aunque Moscú ha militarizado su costa ártica, ambos coinciden en evitar accidentes, garantizar la seguridad de la navegación y regular la explotación de recursos. Mecanismos conjuntos de búsqueda y rescate, coordinación de rompehielos y salvaguardas ambientales podrían ofrecer un espacio diplomático. El Consejo Ártico sigue siendo un marco útil que Trump y Putin podrían revitalizar priorizando la oportunidad comercial sobre la rivalidad política.

En la misma línea, el estrecho de Bering —donde Alaska y Rusia están separados por menos de 55 millas— constituye otro punto de interés mutuo. Con el aumento del tráfico comercial y militar, el riesgo de tensiones crece. La cooperación no requeriría grandes tratados, sino acuerdos prácticos: rutas marítimas coordinadas, monitoreo conjunto del tráfico y protocolos de gestión de incidentes. Tal colaboración evitaría costosos errores de cálculo en un paso angosto que podría convertirse en el “Canal de Panamá del Ártico” para el comercio este-oeste.

En lo relativo a tierras raras y minerales críticos, la cooperación resulta más compleja, dado que ambos países ven estas cadenas como herramientas estratégicas. Sin embargo, comparten una vulnerabilidad: China domina el procesamiento global. Para contrarrestar el poder de Pekín, Trump y Putin podrían explorar proyectos conjuntos limitados de minería y procesamiento inicial, especialmente en Siberia y Alaska. Medidas de transparencia, o inversiones paralelas en diversificación, podrían estabilizar mercados y reducir volatilidad. Aunque es improbable un reparto directo de recursos, coordinar esfuerzos para evitar interrupciones de suministro sería viable. Este aspecto conecta con el conflicto en Ucrania: Rusia controla cerca del 20 % del territorio, incluida la región de Donetsk, rica en yacimientos de tierras raras que Putin busca retener y a los que Trump no querría renunciar.

Otro punto clave es la proliferación nuclear en Corea del Norte. Los vínculos reforzados entre Moscú y Pyongyang complican cualquier enfoque unificado, pero tanto Washington como Moscú comparten el interés de evitar una carrera armamentista en el noreste de Asia. Un marco limitado —notificaciones de pruebas de misiles sobre corredores internacionales y salvaguardas en transferencias sensibles— podría ser explorado. El objetivo inmediato no sería alcanzar grandes acuerdos, sino limitar daños: impedir que las cadenas de suministro militares alimenten crisis y mantener canales de desconexión si las pruebas amenazan la aviación civil o la navegación.

En definitiva, si estos puntos, sumados a la relación con China, son gestionados adecuadamente, podrían allanar el camino hacia una paz mundial más duradera. Aunque Trump ha presentado a China como el principal rival de Estados Unidos, Rusia se ha acercado a Pekín, sin dejar de preocuparse por una dependencia excesiva. Un diálogo Trump–Putin podría explorar fórmulas para equilibrar estas relaciones, abriendo espacio para una cooperación selectiva en comercio, tecnología o influencia regional en Asia. Tales áreas de entendimiento podrían sentar las bases para un diálogo más equilibrado cuando llegue el momento de tratar el tema ucraniano.

Sin embargo, el complejo militar-industrial y algunos países europeos —que se benefician de él— no desean poner fin al conflicto, ya que su derrota sería inminente. Desde mi punto de vista, ese fue el mensaje de Trump a los líderes europeos y a Zelensky en su reunión del lunes 18 de agosto en la Casa Blanca: o se suman a una lucha genuina por alcanzar la paz en Ucrania, o morderán el polvo de una derrota humillante que los relegará al basurero de la historia.

 

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