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Salvador Holguín, un gladiador sin curul: cuando la política le teme a quien no se arrodilla…


Por: Alexis Guzmán

En un país donde muchos se acomodan, donde otros negocian principios y algunos venden su conciencia al mejor postor, hay figuras que incomodan… porque no se doblegan. Y eso, en la República Dominicana de hoy, tiene un precio.

Salvador Holguín es, sin rodeos, un gladiador en la arena pública. Un hombre que ha decidido enfrentar el poder sin pedir permiso, decir lo que otros callan sin calcular consecuencias y sostener una línea crítica en un ecosistema mediático donde abundan los silencios comprados y las verdades maquilladas. Y es precisamente por eso que no está en el Senado de la República. No porque no tenga méritos. No porque no tenga pueblo. No porque no tenga voz.

Sino porque representa un peligro para quienes han convertido la política en un club cerrado, donde solo entran los obedientes, los complacientes y los que saben callar a tiempo.

Resulta irónico y doloroso que un hombre nacido en El Pino, provincia Dajabón, con arraigo, carácter y compromiso demostrado, no tenga un espacio en las estructuras de poder que deberían representar dignamente a su gente. Pero más irónico aún es que quienes sí ocupan esos espacios muchas veces no representan a nadie más que a sus propios intereses.

La República Dominicana es una nación bendecida por su naturaleza, pero golpeada por una realidad humana que duele: mediocridad, egoísmo y mezquindad enquistadas en sectores que deberían servir, no servirse. Y cuando alguien rompe ese esquema, cuando alguien no se somete, cuando alguien no entra en el juego… lo sacan del camino o lo intentan.

Porque lo ocurrido en Madrid, España, no puede ni debe ser tratado como un hecho aislado. Fue una señal peligrosa. Una línea que nunca debió cruzarse. Cuando la política escala a niveles donde se percibe que la vida de un comunicador está en riesgo, ya no estamos hablando de diferencias… estamos hablando de un problema serio de democracia. Y más grave aún es el silencio.

El silencio del poder.
El silencio de quienes deben garantizar la institucionalidad.
El silencio que, lejos de calmar, agrava. Figuras como Luis Abinader, José Ignacio Paliza, Carolina Mejía y Deligne Ascención, tienen no solo el deber político, sino el compromiso moral de pronunciarse ante hechos que ponen en entredicho la seguridad y la libertad de expresión. Porque callar, en estos casos, no es neutralidad… es complicidad por omisión.

Sin embargo, pese a los obstáculos, pese a los ataques, pese a los intentos de sacarlo del tablero, Salvador Holguín sigue de pie. Y eso es lo que realmente desconcierta a sus adversarios: que no se rinde. Sigue luchando.
Sigue denunciando.
Sigue incomodando.

Porque cuando un hombre decide no traicionarse a sí mismo, se vuelve indestructible. Y hay algo que la historia ha demostrado una y otra vez: los que hoy cierran puertas, mañana tendrán que rendir cuentas. Porque el pueblo observa, escucha y, aunque a veces tarde, despierta.

Dios no abandona a quien actúa con convicción. Y los pueblos, cuando encuentran a alguien que los represente de verdad, no lo sueltan. Hoy podrá no tener una curul. Pero tiene algo más poderoso: credibilidad, carácter y respaldo popular. Y eso… no hay estructura política que pueda detenerlo para siempre.


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