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USAID: 60 años de ayuda… con factura incluida El cierre de la oficina revela lo que nunca dijeron en sus comunicados: que la ayuda siempre tuvo precio


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Por: Julissa Domínguez León

Después de más de seis décadas “ayudando” a la República Dominicana, la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) ha anunciado el cierre de su oficina en el país. Un gesto diplomático, cuidadosamente envuelto en comunicados oficiales, sonrisas de despedida y palabras de “agradecimiento mutuo”.

Pero conviene no dejarse llevar por el protocolo: no se van porque su misión esté cumplida. Se van porque la geopolítica cambió y los intereses yanquistas no son lo que eran y Don Trump lo entendió. Bajo el renovado impulso de la doctrina America First, la recién reinstalada gestión republicana comenzó a desmontar progresivamente la agencia. El primer golpe vino tras una auditoría profunda realizada por el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), cuyos hallazgos fueron, más que sorprendentes, francamente ridículos. Lo que debía ser una estructura de cooperación resultó parecerse más a una red de lavado mal diseñada que a una institución que beneficiara genuinamente los intereses de Estados Unidos.

Entre agendas progresistas infértiles y proyectos con más retórica que impacto, su declive era inevitable.

Su cierre, más que sorpresivo, fue una crónica anunciada ¿Qué clase de ayuda recibimos? Quae sunt Caesaris, Caesari. Sí, es justo reconocer que la USAID financió escuelas, programas de salud, desarrollo comunitario y capacitación institucional.

Pero también es cierto que su influencia no fue tan inocente como aparentaba. Detrás del financiamiento, hubo condicionamientos ideológicos, reformas moldeadas a su imagen, organizaciones sociales alineadas con agendas externas y una visión del desarrollo que no siempre se ajustó a nuestras realidades. A través de ONGs, consultorías especializadas y programas de “fortalecimiento institucional”, la USAID tejió una red de influencia que posicionó actores clave en espacios sensibles del Estado y la sociedad civil. La cooperación fue real, pero también lo fue la narrativa envasada en Washington y servida aquí como receta única para el progreso. Una historia de prioridades cuestionables… Los archivos internacionales están plagados de decisiones difíciles de justificar.

Desde estudios sobre el uso de redes sociales por roedores, US$11 millones destinados a investigar el apareamiento de peces en África oriental; más de US$50 millones para proyectos climáticos en China —una potencia con su propia agenda global— hasta talleres de empoderamiento culinario en zonas de conflicto o aunque parezca irrisorio en comparación: US$32,000 invertidos en un cómic transgénero en Perú.

Con un historial así, no extraña que países como el nuestro —donde el retorno político ya no resulta tan evidente— terminaran fuera del mapa de prioridades. Y así, la USAID se despide no con una ovación, sino con un portazo en el rostro. Pero la relación que ahora se cierra fue, desde el inicio, profundamente desigual: nos enseñó a agradecer sin preguntar, a depender sin darnos cuenta, y a copiar recetas ajenas como si fueran cocina de autor. Una relación donde la gratitud desplazó la autonomía, y la obediencia se disfrazó de progreso.

¿Y ahora qué? La pregunta no es si vamos a extrañarlos. La pregunta es si tendremos la madurez institucional para sostener lo que queda en pie. Porque más allá del discurso, muchas dependencias del Estado operaban en capacidad, asistencia técnica o legitimidad bajo el amparo de fondos y estructuras extranjeras.

¿Estamos preparados para asumir esas funciones con transparencia, sin improvisación, sin entregar nuestra brújula a la oferta ideológica del momento? ¿Nos conviene un modelo en el que las decisiones nacionales se licitan al mejor postor? La salida de la USAID no solo marca el fin de una etapa: revela un vacío incómodo que debemos llenar con rigor, no con nostalgia. USAID se va. Pero con su partida, nos deja frente al espejo: ¿estamos listos para ordenar y avanzar sin depender de quien nos dicte el guion? Julissa Domínguez León es Periodista, proyect manager y mentora de negocios.

Apasionada por la soberanía intelectual, el pensamiento crítico y la innovación aplicada al desarrollo local. Socia de Marcalex y fundadora de Marca Mujer, plataforma desde la cual impulsa diálogos transformadores para mujeres líderes y emprendedoras.

 

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