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RESUMEN
Por William Perdomo
Santo Domingo (1 de abril de 2026).- Vivimos en un tiempo en que los hechos importan menos que las emociones que generan. La posverdad —ese concepto que la RAE define como la distorsión deliberada de la realidad para moldear la opinión pública— no es un invento del siglo XXI. Es, si uno se pone a pensarlo con honestidad intelectual, una tecnología muy antigua. Y pocas historias lo demuestran con tanta claridad como la vida de Jesús de Nazaret y la suerte que corrió uno de sus discípulos más fieles: Judas de Iscariote.
Juan Bosch, el escritor y político dominicano, tuvo la audacia de plantearlo en su ensayo «Judas Iscariote, el calumniado». No para defender la traición en abstracto, sino para señalar algo más incómodo: que el relato que conocemos fue construido, editado y amplificado por intereses que nada tenían que ver con la verdad histórica.
El primer gran ejercicio de posverdad no ocurrió en Twitter. Ocurrió en Palestina, hace dos mil años.
Pensemos en lo que sabemos —o creemos saber— sobre Jesús. Nació en un pesebre, fue predicador itinerante, realizó milagros, fue traicionado por treinta monedas, juzgado por Pilatos, crucificado, y resucitó al tercer día. Este es el relato canónico. El que se repite, se canta, se dramatiza, se llora cada Semana Santa en calles del mundo entero.
Pero ¿qué tan sólido es ese relato cuando uno lo somete al escrutinio que cualquier periodista responsable aplicaría a una fuente? Los evangelios fueron escritos décadas después de los hechos. Marcos, el más antiguo, data de aproximadamente el año 70 d.C., cuarenta años después de la muerte de Jesús. Juan, el más tardío y el más teológico, fue redactado hacia finales del siglo primero. Ninguno de sus autores fue testigo directo. Todos escribieron en un contexto de comunidades ya formadas, con doctrinas ya establecidas, con enemigos ya identificados.
Y entre esos enemigos identificados —convenientemente— estaba Judas.
Bosch llega con el bisturí del pensador marxista y el ojo del narrador.
En su ensayo, el autor de «La Mañosa» y «El oro y la paz» sostiene algo que resulta, a la luz de la teoría de la posverdad, perfectamente coherente: Judas no traicionó a Jesús por dinero. Judas fue un nacionalista judío, un zelote, alguien que creía genuinamente que Jesús era el Mesías político que liberaría a Israel del dominio romano. Cuando Judas lo entregó a los sacerdotes, según Bosch, no lo hizo para venderlo sino para forzarlo. Para ponerlo en una situación en que no tuviera más remedio que revelar su poder, que ejerciera ese rol mesiánico que sus seguidores esperaban.
El plan falló. Jesús murió. Y Judas, incapaz de soportar el resultado, se ahorcó.
Esta lectura —sea o no verificable históricamente— tiene una virtud enorme: hace a Judas humano. Lo saca del registro del demonio encarnado y lo coloca en el terreno más doloroso y más real de quien creyó en algo con toda su alma y se equivocó en los métodos.
Pero eso no le convenía al relato oficial.
¿A quién le sirve un Judas monstruoso?
Aquí es donde entra la lógica de la posverdad con toda su crudeza: los relatos no se construyen según lo que ocurrió, sino según lo que necesita el poder en un momento dado.
Las primeras comunidades cristianas necesitaban separarse del judaísmo. Necesitaban un villano que encarnara la traición del pueblo judío al Mesías. Judas —con su nombre que resonaba a Judá, a Judea, a los judíos— fue el candidato perfecto. Las treinta monedas de plata, el beso, la bolsa del dinero que carga en el evangelio de Juan: todo eso no es descripción, es construcción narrativa. Es propaganda teológica.
Bosch lo vio con claridad meridiana: la figura de Judas fue el instrumento que permitió durante siglos legitimar el antisemitismo cristiano. La imagen del traidor con la bolsa de monedas se convirtió en el arquetipo del judío avaro, desleal, capaz de vender hasta a Dios por unas monedas. Las consecuencias de esa narrativa —pogromos, expulsiones, el Holocausto— son demasiado graves para que sigamos leyendo los evangelios como si fueran periodismo objetivo.
Jesús, ¿quién fue realmente?
Si aplicamos el mismo rigor a la figura central, el panorama se complica de maneras fascinantes.
Jesús fue, históricamente, un judío galileo de clase artesana. Vivió en una región periférica, bajo ocupación romana, en una época de efervescencia mesiánica. Sus discursos sobre el Reino de Dios, la bienaventuranza de los pobres, la condena de los ricos, el amor al enemigo: todo eso tiene más sentido leído como programa político-religioso de liberación que como espiritualidad desencarnada.
El historiador John Dominic Crossan lo llama «campesino mediterráneo del primer siglo». El teólogo de la liberación Leonardo Boff lo ve como el «hombre para los demás», el que encarna la opción preferencial por los pobres. Bosch, desde su materialismo histórico, lo lee como un líder social cuyas enseñanzas fueron sistemáticamente despolitizadas por la Iglesia para neutralizar su potencial subversivo.
¿Cuál de estas lecturas es la verdadera? Posiblemente ninguna. Posiblemente todas tienen algo. Y eso es precisamente lo que la posverdad institucional no puede tolerar: la ambigüedad, la complejidad, la historia sin héroes puros ni villanos absolutos.
La Semana Santa como ritual de posverdad colectiva
Cada año, millones de personas reviven una historia que mezcla datos históricos, teología elaborada durante siglos, intereses geopolíticos del Imperio Romano, luchas internas del judaísmo del siglo primero, y capas y capas de interpretación institucional. Lo hacen emocionalmente, con lágrimas y procesiones, con música y ayuno.
Eso no es malo en sí mismo. El ritual es una necesidad humana profunda. Pero la posverdad opera precisamente ahí: en el espacio entre la emoción y el análisis. Cuando la intensidad emocional del relato se vuelve tan grande que cuestionar cualquier aspecto de él se siente como una agresión, como una blasfemia, como una traición.
Judas sabe algo de eso.
Lo que Bosch nos deja, más allá de la reivindicación
El valor del ensayo de Juan Bosch no es demostrar que Judas era un buen tipo. Bosch no es un apologista. Su valor es mostrar que los relatos sobre los que construimos nuestra identidad colectiva, nuestros valores morales, nuestras certezas más íntimas, fueron construidos por personas con intereses concretos, en contextos históricos precisos, y que revisarlos con honestidad intelectual no destruye la fe: la purifica.
En un mundo en que los algoritmos nos sirven relatos a la medida de nuestros sesgos, en que la mentira viaja más rápido que la verdad, en que «mis creencias» valen más que «los hechos», el ejercicio que propone Bosch es casi revolucionario: leer despacio, preguntar a quién le conviene este relato, y tener la humildad de sostener la incertidumbre sin necesidad de un chivo expiatorio.
Judas murió siendo el chivo expiatorio de una historia que necesitaba uno.
Jesús murió siendo el símbolo que muchos necesitaban, moldeado luego a imagen y semejanza de cada época.
Y nosotros seguimos eligiendo entre entender y simplemente creer.
La pregunta no es si Jesús existió o si Judas traicionó. La pregunta es quién escribió la historia, cuándo la escribió, y qué necesitaba que nosotros creyéramos.
Construcción del relato canónico sobre Jesús y Judas — perspectiva cronológica
30 d.C.: Muerte de Jesús de Nazaret
Crucifixión bajo Poncio Pilatos. Judas ya ha muerto. Nada está escrito aún.
70 d.C.: Evangelio de Marcos — el más antiguo
40 años después. La figura de Judas aparece, pero sin detalle sobre motivos.
90 d.C.: Evangelio de Juan — el más teológico
Judas aparece como ladrón y traidor. Las «treinta monedas» se vuelven símbolo.
Siglos IV–XV
Canonización del relato oficial
Concilios, dogmas. Judas = los judíos. El relato se consolida como verdad absoluta.
1955
Juan Bosch publica su ensayo
Reivindicación de Judas como zelote. El relato canónico se somete a análisis histórico.
Hoy
La posverdad como herramienta de lectura crítica
