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RESUMEN
Santo Domingo.- En el ejercicio del poder público no hay espacio para la improvisación, la torpeza ni los errores repetidos. Cuando un funcionario falla, no falla solo: arrastra consigo la credibilidad de una institución presidente Luis Abinader, compromete la imagen de un gobierno y golpea directamente a los ciudadanos que dependen de su gestión.
Hoy, nuevas críticas recaen sobre la conducción de Elías Báez al frente de la Dirección de Información y Defensa de los Afiliados a la Seguridad Social, una entidad que no puede darse el lujo de operar con debilidades, porque su misión es nada más y nada menos que proteger los derechos de los afiliados al sistema de seguridad social.
No se trata de un ataque personal.
Se trata de una realidad que comienza a generar ruido, incomodidad y preocupación dentro y fuera del gobierno.
Cuando desde distintos sectores se señala que una gestión crea conflictos innecesarios, que no maneja con precisión situaciones sensibles o que carece de la inteligencia emocional requerida para el cargo, el problema deja de ser individual y se convierte en institucional. Y ahí es donde el tema adquiere gravedad.
Porque cada decisión desacertada, cada error de manejo, cada paso en falso… termina impactando al gobierno del presidente Luis Abinader, que ha apostado a una narrativa de eficiencia, transparencia y cambio. El poder no es un premio político. Es una responsabilidad.
Y cuando se confunde una posición pública con una cuota partidaria, cuando se prioriza la política por encima de la gestión, el resultado es siempre el mismo: instituciones debilitadas, ciudadanos desprotegidos y un gobierno que paga un costo innecesario.
La DIDA no es cualquier institución.
Es el escudo de los afiliados frente a los abusos del sistema.
Es la voz de quienes muchas veces no tienen voz. Por eso, su dirección exige capacidad, equilibrio, criterio y, sobre todo, sensibilidad.
No se puede dirigir una entidad de esa naturaleza desde la confrontación, la improvisación o la falta de tacto.
No se puede fallar donde la gente espera protección.
No se puede convertir una institución de servicio en un foco de problemas.
Aquí no se trata de percepciones aisladas.
Se trata de una alerta.
Una alerta que el gobierno no debería ignorar.
Porque cuando los errores se repiten y las críticas crecen, lo responsable no es defender lo indefendible… sino evaluar, corregir o sustituir.
Así de simple.
Gobernar también implica tomar decisiones difíciles.
Y una de ellas es reconocer cuándo un funcionario no está a la altura del cargo que ocupa.
El país no puede seguir cargando con gestiones que generan más problemas que soluciones.
La gente necesita respuestas, no excusas.
Resultados, no conflictos. Porque al final, en la administración pública hay una verdad que nadie puede ocultar: Cuando un funcionario no funciona…
Se convierte en un problema.
Y cuando ese problema no se corrige a tiempo…
Termina siendo responsabilidad de quien lo mantiene.
