
Por: Luis Medrano
Hay algo que el mediocre nunca perdona: que logres cruzar y salir vivo con la inteligencia, el espíritu emprendedor y esa mentalidad visionaria que te salvará del abismo social.
Existen quienes no toleran que transites con luz propia y que hayas pasado de la miseria a una vida con dignidad y prosperidad, porque tu superación es el espejo que les devuelve la imagen de su propia podredumbre.
Les irrita profundamente que seas la prueba viviente de que la fe y la voluntad rompen cualquier cadena, sin importar cuán pesada sea.
Para quienes nacieron con el camino pavimentado y el alma envuelta en riqueza, tu ascenso es una afrenta personal; les carcome que viniendo del barrio, del campo, del callejón o de ese rincón donde el hambre reside, tú hayas vencido con la fuerza de tu poderosa fe, con ese combustible espiritual que ellos, con todo su bienestar, no pueden comprar.
Dios no abandona al guerrero que hace camino al andar. En el punto más crítico de la pobreza, cuando el colapso parece inevitable, es donde surge la inteligencia creativa, el instinto del emprendedor y el positivismo inquebrantable que solo conoce quien ha tenido que inventarse la vida desde la nada. Mientras ellos disparan desde la sombra de la envidia, tú avanzas bajo una luz que no pueden apagar porque es la de Dios.
Cuidado, no olvides nunca que vivimos en una selva, una sociedad de fieras y bestias que se alimentan del fracaso y el hambre del que nació en la miseria o la indigencia; ellos disfrutan la necesidad ajena como si fuera un trofeo. Son tiburones con sonrisas, aplausos y felicitaciones fingidas, y cuando te abrazan es solo para medir dónde clavarte el puñal.
No soportan que lograste con tu fe vencer su deseo de mantenerte la puerta cerrada; tu visión de futuro les molesta a su vanidad, a su ego, a su petulancia y a esa grandeza ficticia con la que se sienten estar por encima del bien y del mal.
Pero se han topado con un muro invencible que te protege y que es Jesucristo. Lo que hoy tú posees es territorio sagrado: fue ganado en noches de lágrimas, sufrimientos e insomnios, en llantos silenciosos y caminando descalzo sobre el fuego y los vidrios rotos de la traición y el desprecio.
Cuando eres un ganador, ese éxito llega cargado de enemigos, de esos que no aceptan que nadie les haga sombra y que prefieren verte hundido antes que reconocerte. Por eso, cuando los envidiosos del éxito ajeno te tiren un vaso de mierda, tírale un camión.
No te detengas a medir la bajeza de ellos, responde con la magnitud de tu fuerza y tus resultados. Mantén el equilibrio: sé luz para repartir el pan, pero sé un rayo fulminante para defender tu dignidad. Si intentan profanar lo que has construido con tanto sacrificio, deja que el relámpago se convierta en trueno. No hay envidia que venza a quien Dios ha decidido fortalecer.
Eres merecedor de cada bendición y de cada fruto de tu trabajo visionario. Sigue adelante, haciendo camino, firme y sin mirar atrás.


