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Una revolución posible y necesaria

Que rescate la moral pública y lo propicie también en el sector privado. Que borre la idea de que los funcionarios y las élites sociales son seres superiores. Que elimine privilegios irritantes mientras una parte del país no puede cubrir sus compromisos económicos elementales.

Que propicie un sistema que obligue rendirle cuentas al país por cada centavo que se gaste, en cada momento. Una revolución tan solo para que la gente pueda creer en el sistema. Esa es la simple y sencilla revolución que muchos aplaudirían.

Y fíjense qué ironía. Aspirar algo a lo que el sistema está obligado y a lo que el pueblo tiene derecho. Pero lamentablemente la propia sociedad ha permitido que muchas cosas se hayan revertido.

Y peor aún, que una parte importante de los sectores de poder hayan logrado poner de rodillas a una parte de los mismos poderes del Estado. Arrastrando la sociedad y parte de sus instituciones.

Pero el mundo está recibiendo señales que, sin lugar a dudas, en corto o mediano plazo, echarán por la borda ciertos esquemas que han causado los desastres que hoy vive una buena parte de la humanidad.

A causa de los mismos comportamientos. Los que solo permitieron el desarrollo de determinados sectores privilegiados en menoscabo del desarrollo integral.

Mientras tanto, nuestras generaciones y otros más jóvenes se conformarían con esa simple revolución.

Que limiten los poderes de unos cuantos. Que racionalice el uso del dinero. Que elimine privilegios, transmita humildad y respete a la sociedad.

Esa simple revolución moral es posible. Es necesaria. Es imprescindible. La única o mejor forma de rescatar la credibilidad.

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