
Hubo un tiempo en la República Dominicana en que los partidos políticos se construían sobre ideales, sacrificios y compromiso social, no sobre chequeras millonarias del Estado ni sobre estructuras contaminadas por intereses oscuros.
Cuando el profesor Juan Bosch fundó el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y posteriormente el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) en 1973, no existía el financiamiento público de los partidos. Aquellas organizaciones crecían gracias al aporte voluntario de militantes, simpatizantes y ciudadanos que creían en proyectos políticos, doctrinas y causas nacionales.
Cuando Antonio Guzmán y el PRD derrotaron al doctor Joaquín Balaguer y a toda la poderosa maquinaria del Estado incluyendo sectores militares tampoco existía el financiamiento público multimillonario que hoy reciben las organizaciones políticas. Y aun así, había más disciplina, más formación política, más compromiso social y más respeto hacia la militancia.
Hoy ocurre exactamente lo contrario. Los partidos políticos dominicanos reciben miles de millones de pesos del dinero del pueblo, pero paradójicamente están más vacíos de principios, más debilitados institucionalmente y más contaminados moralmente que nunca. La abundancia de recursos públicos no fortaleció la democracia partidaria; la degeneró.
Las organizaciones políticas dejaron de ser escuelas de liderazgo y pensamiento para convertirse en maquinarias electorales, negocios particulares y estructuras clientelares donde muchos solo entran buscando contratos, privilegios, cargos y dinero.
Lo más grave es que, pese a recibir cantidades obscenas de recursos estatales, muchos partidos continúan siendo vulnerables al dinero del narcotráfico, del crimen organizado y de sectores oscuros que penetran campañas, financian candidaturas y terminan secuestrando decisiones políticas, ese es el verdadero peligro. Porque cuando el dinero ilícito entra a la política, la democracia deja de responderle al pueblo y comienza a responderle al crimen.
La transparencia, que debía fortalecerse con el financiamiento estatal, terminó siendo muchas veces una ficción. Las rendiciones de cuentas son débiles, las auditorías insuficientes y la sociedad sigue sin saber con claridad quién financia realmente muchas campañas electorales. El resultado está a la vista: partidos ricos en dinero, pero pobres en valores; millonarios en presupuesto, pero quebrados en credibilidad.
La política dominicana necesita urgentemente una profunda reflexión moral y estructural. Porque no se puede seguir obligando al pueblo a financiar organizaciones que cada día se alejan más de la ciudadanía, de la ética y del compromiso nacional.
La democracia no se fortalece repartiendo miles de millones sin control. La democracia se fortalece con principios, transparencia, institucionalidad y hombres y mujeres dispuestos a servir, no a servirse del poder. Y esa es precisamente la gran crisis de los partidos dominicanos de hoy: tienen más dinero que nunca… pero menos alma que antes.


