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#VIDEO EDITORIAL | El PRM y el fantasma del PRD: una historia que se repite entre traiciones, egos y guerras internas


Durante años muchos vendieron la idea de que el problema del viejo Partido Revolucionario Dominicano (PRD) tenía nombre y apellido. Que la crisis era Miguel Vargas. Que el caos era Hipólito Mejía. Que las divisiones eran culpa de un hombre o de un grupo. Pero el tiempo, que siempre desnuda la verdad, está demostrando algo mucho más profundo y preocupante: el problema nunca fue solamente de personas… el problema parece ser una cultura política enquistada en el ADN del perredeísmo.

Hoy el Partido Revolucionario Moderno (PRM), nacido precisamente de una fractura del PRD, comienza a exhibir los mismos síntomas que destruyeron al partido blanco: luchas de poder, egos desbordados, traiciones internas, grupos enfrentados, funcionarios desconectados de la base y una guerra silenciosa por el control político del futuro. La historia se está repitiendo frente a los ojos del pueblo dominicano.

El PRD, fundado en 1939, vivió más de diez grandes crisis internas. Desde la salida del profesor Juan Bosch en 1973, pasando por las eternas confrontaciones entre Peña Gómez, Majluta, Hatuey, Hipólito y Miguel Vargas, hasta llegar a los episodios vergonzosos y violentos del 2013, cuando las facciones de Miguel e Hipólito prácticamente llevaron el partido a una guerra campal. Y ahora, el PRM que nació prometiendo ser diferente comienza a caminar peligrosamente por el mismo sendero de confrontación, soberbia y descomposición interna.

Entonces surge la gran pregunta: ¿quién tenía realmente la razón? ¿Miguel Vargas? ¿Hipólito Mejía? ¿O ninguno? Porque viendo lo que ocurre hoy, queda claro que el conflicto no terminó con la salida de Miguel ni con la creación del PRM. Los problemas siguieron vivos. Cambiaron las siglas, cambiaron los colores, cambiaron algunos rostros… pero las ambiciones, los celos políticos, la intolerancia y las luchas por el poder siguen intactas.

La tragedia del perredeísmo parece ser que nunca aprendió a convivir con el poder sin destruirse desde adentro. Y mientras los dirigentes se enfrentan entre ellos, las bases quedan abandonadas, los militantes decepcionados y el pueblo observando cómo aquellos que prometieron el cambio terminan cayendo en los mismos vicios que criticaban.

Ha llegado el momento de un verdadero “mea culpa”. Porque quizás la crisis nunca fue culpa exclusiva de un líder. Quizás el problema ha sido colectivo. Una cultura política donde el proyecto personal siempre termina imponiéndose sobre el proyecto partidario y nacional. Y cuando eso ocurre, la historia no perdona… la historia se repite.


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